La cultura nacional, en todas sus expresiones, tiene que estar siempre en línea con la evolución del país

Nuestra poesía necesita recuperar su nitidez visionaria, y eso tendríamos que empujarlo entre todos.
Enlace copiado
David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

Toda sociedad es un catálogo de experiencias vivas, que se van sucediendo en el tiempo y cuya principal función consiste en revelar lo que se va dando en las distintas comarcas del ser nacional respectivo. La sociedad es como un territorio con terrenos variados, corrientes de agua diversas, poblaciones múltiples, aires y cielos cambiantes, vegetaciones y rutas diferentes... Y dentro de ese panorama, donde se manifiestan a cada instante las imágenes animadas de la vida, hay variedad de espejos que recorren sin descanso todo lo que se va haciendo sensible y perceptible en el terreno. La cultura es sin duda el más elocuente y revelador de dichos espejos.

Así la cultura es algo muy propio y esencial, con vocación de trascendencia; y su manifestación renovada a diario permite ir teniendo a la mano el mejor manual explicativo de lo que somos y de lo que queremos ser como individuos y como sociedad. El Salvador, por supuesto, tiene y ha tenido siempre su cultura característica, en la que se van revelando todas las manifestaciones de nuestro ser nacional. Y es por ello que la forma en que la cultura se vive y se convive en los momentos sucesivos del devenir constituye el mejor medidor de lo que nos integra y de lo que nos desintegra en clave evolutiva.

En El Salvador contamos permanentemente con una dinámica cultural que, como todo, tiene altos y bajos, según sean las condiciones de la fase histórica que se vive. Y dentro de esa diversidad de posibilidades concretas sobresalen las cumbres reveladoras, que son las que identifican el respectivo momento. En el plano de la literatura, cumbres como Francisco Gavidia, Alberto Masferrer, Salarrué y Claudia Lars nunca dejarán de ser visibles. Todos ellos, cada uno a su manera, dieron testimonio vivo de su pertenencia a la salvadoreñidad, dejando hitos profundamente ilustrativos en el transcurso de sus vidas, que muchos años después continúan sirviendo como ejercicios orientadores para el entendimiento del fenómeno real en perspectiva.

Porque hay que considerar que la cultura ejerce también una función visionaria. Cuando se desempeña y desenvuelve como debe hacerlo, representa de manera insustituiblemente virtuosa una especie de espejo de tres caras: pasado, presente y futuro, que coexisten sin cesar. Y es por ello que cada coyuntura cultural es tradicional y original al mismo tiempo. En lo que a El Salvador se refiere, esta etapa de posguerra ha requerido y requiere, quizás más que ninguna otra de las etapas anteriores, un efluvio cultural intensivo y determinante. Eso no se ha producido así, y lo que en muchos sentidos se siente es una carencia de insumos culturales que fertilicen los sembradíos de la realidad.

Yo personalmente puedo dar fe de lo que viene sucediendo en el plano de la poesía, que ha tenido su trayectoria específica. Durante los años de la preguerra, desde allá en la década de los 50 del pasado siglo, la poesía de corte social revolucionario tomó la avanzada, apartando todo lo que no estuviera en su línea. Los que no compartíamos tal orientación éramos prácticamente excluidos, casi en condición de escombros anticipados. Y cuando las condiciones históricas comenzaron a mostrar que tales absolutismos eran insostenibles, lo que se generó fue una especie de desconcierto creador, que ha hecho estragos persistentes. Nuestra poesía necesita recuperar su nitidez visionaria, y eso tendríamos que empujarlo entre todos, porque la poesía nunca es un ejercicio dirigible desde el plano de las ideas, sino que siempre es un dinamismo destinado a evidenciar los movimientos del alma, tanto individualizada como colectiva.

Se hace indispensable, dadas las condiciones imperantes en nuestra realidad, el reposicionamiento de la cultura como iluminación multifacética. Qué diéramos por tener hoy un Alberto Masferrer y un Francisco Gavidia como gestores presentes de inspiración nacional. Conciencias creadoras como las de ellos son las que necesitamos para sentirnos seguros en la ruta.

Lee también

Comentarios

Newsletter