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La defensa permanente y eficaz del régimen de libertades es factor esencial para asegurar el sano avance de la democracia

A fin de que las libertades fundamentales se hagan valer como se debe, tanto el accionar público como el accionar privado tienen que moverse en armonía responsable, de modo que los grandes temas y los grandes problemas de país puedan ir atendiéndose y resolviéndose en la forma más consistente y favorable para el bien común y para los legítimos intereses del conglomerado nacional.
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Como es constatable a cada paso, el régimen de libertades que es connatural al esquema democrático vigente en el país vive permanentemente expuesto a amenazas y sabotajes de la más variada índole por parte de todos aquellos que quisieran volver a las prácticas del pasado, mediante las cuales el poder en ejercicio tenía todos los recursos a disposición para imponer su voluntad, satisfacer sus apetitos y hacer prevalecer sus intereses. Al ser así las cosas, el régimen de libertades nunca está libre de ataques abiertos o encubiertos, y eso es lo que hace que la democracia tenga que estar en guardia constante, porque los intentos desestabilizadores de la misma se cuelan por donde les es factible.

Un ejemplo concreto de ello lo hemos tenido en días recientes con la presentación a la Asamblea Legislativa del proyecto de Ley del Sistema Nacional de Prevención de la Violencia, en el cual se contempla una censura disfrazada de autorregulación de los medios de comunicación sobre lo que se muestra al público respecto de los hechos violentos que son el pan de cada día en nuestra atribulada realidad. La respuesta de los que se preocupan por mantener en pie la libertad de expresión y la libertad de prensa no se hizo esperar, y ahora todo indica que va a ser eliminado el artículo del proyecto en el que la autorregulación adquiría rango de obligación legal, abriéndoles espacio a las manipulaciones posteriores.

Es de destacar que la defensa de las libertades democráticas tiene que hacerse en todos los niveles y desde todos los ángulos del quehacer nacional, porque los vicios de la arbitrariedad y del abuso no se detienen ante nada. En verdad, de lo que se trata para que las libertades se consoliden y prosperen es de promover e impulsar en el ambiente una cultura de la libertad y de la verdad que sirva de soporte al buen desempeño de la institucionalidad y a la defensa efectiva de los derechos ciudadanos, que deben estar siempre en la primera línea de los objetivos nacionales y de los propósitos para alcanzarlos.

A fin de que las libertades fundamentales se hagan valer como se debe, tanto el accionar público como el accionar privado tienen que moverse en armonía responsable, de modo que los grandes temas y los grandes problemas de país puedan ir atendiéndose y resolviéndose en la forma más consistente y favorable para el bien común y para los legítimos intereses del conglomerado nacional. Este no es un punto de simples valoraciones teóricas sino una cuestión básica y crítica de orden eminentemente práctico. Las libertades tienen que ser vividas y salvaguardadas en el día a día, que es donde se desenvuelve la vida de la nación y de todos sus integrantes.

Insistimos en puntualizar el imperativo de darle vida y aliento en el país a esa cultura de la libertad y de la verdad que, en nuestro caso específico como medio que tiene ya más de un siglo de estar presente en la cotidianidad de los salvadoreños, es la base de nuestra filosofía de vida y de ejercicio. Desde luego, todas las libertades fundamentales merecen atención sistemática, porque el quiebre de una sola de ellas basta para que el sistema entre en crisis.

Que situaciones tan patéticas y trágicas como la de la Venezuela chavista nos sirvan de advertencia muy actualizada para no permitir nunca que El Salvador sea desviado de la ruta de la libertad y del progreso efectivo que ella genera.
 

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