La delincuencia galopante continúa haciendo estragos desintegradores entre la población salvadoreña

Según un informe reciente de Médicos sin Fronteras, más del 50% de los salvadoreños que emigran forzosamente lo hacen por el acoso y el ataque de la delincuencia. La situación entonces hay que atacarla a fondo en todos sus componentes y expresiones, y la lucha tiene que hacerse en conjunto entre todos los países que están envueltos en tal situación, incluyendo por supuesto al país de destino.
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El fenómeno de la emigración masiva ha tenido en nuestro país varios momentos marcados por distintas circunstancias. El conflicto bélico desató una corriente migratoria que buscaba escape de la violencia entonces imperante; y una vez que concluyó la guerra comenzó a gestarse otra escapada, esta vez más caudalosa porque respondía a las condiciones de supervivencia en un término más amplio. Hubo un primer momento de posguerra en el que se anunciaron energías nuevas en el ambiente, que auguraban tiempos mejores; pero aquella sensación se desvaneció rápidamente, porque no surgieron iniciativas renovadoras que le dieran sustento, y entonces la búsqueda de nuevas oportunidades de mejoramiento en una sociedad desarrollada como la de Estados Unidos tomó mayor impulso.

Muy pronto otro acontecer detonador vino a hacerse presente de manera crecientemente avasalladora: el accionar expansivo de la delincuencia organizada, movida entre otros factores por el despliegue del narcotráfico. Y de ahí se desprendieron formas criminales invasivas al máximo, como es el auge de la extorsión en múltiples comunidades del mapa poblacional. Factores como estos, unidos a otros hechos desanimadores como son las precarias condiciones económicas en que se mueve una gran parte de la población, generan constantes estímulos a la emigración, especialmente la indocumentada, que mueve diariamente a cientos de connacionales a irse hacia el Norte pese a todos los peligros que se hacen presentes en la ruta y a la inseguridad creciente que existe para ellos en el país de destino.

Los salvadoreños, pues, huyen de sus lugares de origen por distintas causas, y entre ellas tiene sin duda gran relieve la gravísima inseguridad que impera en nuestro ambiente. Los tres países del Triángulo Norte centroamericano –Guatemala, Honduras y El Salvador– comparten esta patética suerte, y ahora están conminados desde Estados Unidos a hacer cada vez más para controlar el flujo migratorio. Según un informe reciente de Médicos sin Fronteras, más del 50% de los salvadoreños que emigran forzosamente lo hacen por el acoso y el ataque de la delincuencia. La situación entonces hay que enfrentarla a fondo en todos sus componentes y expresiones, y la lucha tiene que hacerse en conjunto entre todos los países que están envueltos en tal situación, incluyendo por supuesto al país de destino.

Por la misma naturaleza de la problemática que se abre alrededor de todas estas cuestiones, es de prever que nada de esto podrá resolverse en el corto plazo; pero lo que sí se puede lograr con bastante inmediatez es que surjan señales concretas y creíbles de que se va en busca de verdaderas soluciones; pero eso sólo se hará posible si hay estrategias en marcha que no sean iniciativas de momento.

El control efectivo de las diversas actividades criminales en movimiento es realmente clave para restablecer todas las formas de normalidad en un panorama tan fracturado y peligroso como el que estamos viviendo. Hay que hacer un giro de 180 grados al respecto en función de promover efectividad y garantizar credibilidad, que han sido tan insuficientes hasta la fecha.
 

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