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La democracia es siempre un ejercicio y un compromiso íntimamente vinculados, y por eso la habilidad y la responsabilidad van en ella de la mano

Sin duda, para mover voluntades tan retóricamente contrapuestas habrá que utilizar de entrada el mecanismo de la reserva, para que nadie se sienta amenazado por lo que puedan pensar sus adherentes, sobre todo aquellos que configuran las respectivas “alas duras”.
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La democracia es siempre un ejercicio y un compromiso íntimamente vinculados, y por eso la habilidad y la responsabilidad van en ella de la mano

La democracia es siempre un ejercicio y un compromiso íntimamente vinculados, y por eso la habilidad y la responsabilidad van en ella de la mano

La democracia es siempre un ejercicio y un compromiso íntimamente vinculados, y por eso la habilidad y la responsabilidad van en ella de la mano

La democracia es siempre un ejercicio y un compromiso íntimamente vinculados, y por eso la habilidad y la responsabilidad van en ella de la mano

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La democracia es siempre un ejercicio y un compromiso íntimamente vinculados, y por eso la habilidad y la responsabilidad van en ella de la mano

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Está sobradamente comprobado por la experiencia histórica de lo vivido en todas partes a lo largo del tiempo que la democracia es el único régimen de vida social que puede mantenerse saludable en el decurso de la evolución. Sin embargo, como la democracia exige, para asegurar su buen funcionamiento, que se activen en ella un conjunto de factores actitudinales y conductuales que exigen disciplina y autocontrol, la práctica de la misma con gran frecuencia resulta defectuosa e insuficiente, con las consecuencias desactivadoras que eso trae consigo. Todo esto conduce a una conclusión obligada: todos los que nos hallamos inmersos, como sociedad y como institucionalidad en el vivir cotidiano, tenemos el deber de asumir la función democrática como lo que es: un constante ejercicio democratizador en el que confluyen el juego y el compromiso.

Al tener esto en cuenta surge de inmediato una evidencia que no es posible dejar de lado sin exponer al sistema de vida a los desajustes más calamitosos; y tal evidencia consiste en revelar lo que ocurre cuando no se democratizan las actitudes y las formas de acción: el régimen va perdiendo efectividad y el sistema se contamina de inoperancia. Y es que la base del proceder democrático es la suma de voluntades de todos los que funcionan dentro de un determinado espacio nacional; una suma que en ningún momento significa uniformidad, sino lo contrario en el mejor sentido del término: dinamización interactiva de las diferencias, de tal manera que éstas lejos de funcionar como retrancas actúen como motores. Y es lo que pareciera impracticable entre nosotros, por la falta de sensatez y de madurez imperante.

Esto último se sigue poniendo de manifiesto en todos los intentos de búsqueda de consensos entre fuerzas políticas para encarar en común problemas verdaderamente serios y acuciantes. Así, allá en los días en que se cumplían los 25 años del Acuerdo de Paz que le puso fin a la guerra, la ONU propuso activar, bajo su patrocinio, un intento de revivir aquella dinámica de acuerdos en el nuevo escenario. Seis meses después dicho intento dejó de funcionar al menos como estaba planteado al principio, y eso nos aboca a reflexiones tanto sobre el método como sobre la forma de habilitar el método. Sin duda, para mover voluntades tan retóricamente contrapuestas habrá que utilizar de entrada el mecanismo de la reserva, para que nadie se sienta amenazado por lo que puedan pensar sus adherentes, sobre todo aquellos que configuran las respectivas “alas duras”.

Cuando decimos que la democracia es ejercicio y es compromiso queremos subrayar, con lápiz resplandeciente, que la democracia no es atrincheramiento ni es indiferencia. La democracia necesita moverse conforme a su naturaleza interactiva, y eso requiere un componente de armonía básica entre los diferentes y aun entre los opuestos. Y es que no hay que olvidar en ninguna circunstancia que la democracia es algo así como la gestora funcional del pluralismo, que es condición inescapable del vivir en sociedad. Dicho pluralismo, en su dimensión plena, no puede ser una simple fórmula mecánica, ya que es en verdad la expresión viva de aquello que nos recuerda tan gráficamente la sabiduría popular con una frase reveladora: “Cada cabeza es un mundo”. Y los mundos nunca son copias al carbón, sino figuras con destino propio.
 

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