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La democracia es un campo de acción en el que sólo son admisibles el mutuo respeto y la voluntad pacificadora

El Salvador ha venido avanzando con dificultades y tropiezos y a la vez con buenas expectativas y con resultados prometedores. Nada debe torcer esa ruta.

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En los días más recientes, se han escenificado en el país intentos de subversión del orden institucional para impulsar objetivos de específico interés político al servicio de visiones estrictamente personalizadas de la realidad. El intento de doblegar la voluntad legislativa con un despliegue de fuerza que no tiene precedentes en el ambiente, ni siquiera en los tiempos anteriores a esta posguerra democratizadora en la que vamos avanzando, ha puesto en evidencia dos aspectos de alto relieve para el presente y para el futuro del país: por una parte, el hecho de que no hay que bajar la guardia ante los impulsos desestabilizadores de la institucionalidad provenientes de fuerzas que emergen sin reconocer controles característicos del sistema democrático de vida; y por otra, la clarísima constatación de que en El Salvador los arrebatos dizque insurreccionales no prosperan.

A lo largo de los ya casi 30 años de posguerra, los salvadoreños de distintas procedencias y de diferentes pensamientos hemos venido configurando una dinámica nacional acorde con los tiempos, como efecto directo de la conclusión por la vía política de un conflicto bélico que estuvo casi 12 años sobre el terreno y que dejó una lección incuestionable e imborrable: la violencia de las armas no puede imponerse como solución si la voluntad ciudadana no le abre los espacios para ello. Y esa señal debería ser asumida sin reservas por todos los sectores y actores nacionales, para que no se pierdan en la ruta y les traigan con ello nuevas conflictividades y desencuentros al país y a su gente.

Desde el mismo día domingo 9 de febrero en el que se dio el trastorno sorpresivo en el seno de la Asamblea Legislativa, las voces que denunciaban el hecho y alertaban sobre las consecuencias de impulsar acciones de tal naturaleza comenzaron a hacerse oír tanto en los ámbitos nacionales como en los planos internacionales. Esa fue una reacción que sin duda tomó por sorpresa a los gestores de la actividad rupturista del orden constitucional; y las voces aludidas han seguido expresándose para poner en claro que lo ocurrido no debe repetirse bajo ningún concepto.

El Embajador de Estados Unidos en nuestro país acaba de reiterar el llamado a la puesta en función del diálogo para solucionar diferencias y problemas en el ámbito político y gubernamental. Y muy claramente expresó: "El futuro de El Salvador depende de que el país continúe por un camino democrático, que requiere un compromiso con el diálogo pacífico y el consenso. Este es el camino que apoyamos". Aquí no hay vuelta de hoja: o se mantiene la línea de respeto institucional que tanto ha costado mantener en pie o nuestro país se arriesga dramáticamente a perder los apoyos y los acompañamientos de su progreso en marcha, que es lo más valioso que se ha conseguido hasta la fecha.

No hay que jugar con fuego, sobre todo cuando hay tantos materiales inflamables alrededor. Tampoco hay que arriesgarse a lo incontrolable, en especial cuando lo que el país sigue necesitando con especial apremio es orden y armonía para construir verdadero futuro. Y desde luego se impone la racionalidad, sobre todo cuando los factores en juego son tan volátiles y están expuestos a tantos riesgos y amenazas provenientes de un mundo en constante cambio.

Que lo ocurrido en estos días, y que ha puesto al país en ascuas tanto hacia adentro como hacia afuera, sirva como advertencia histórica para reorientarnos hacia lo que debe ser nuestra mejor apuesta de vida nacional: la sensatez creativa y la estabilidad constructiva.

El Salvador ha venido avanzando con dificultades y tropiezos y a la vez con buenas expectativas y con resultados prometedores. Nada debe torcer esa ruta.

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