La democracia es una cartilla en la que hay que saber leer lo escrito y lo no escrito

Hace más de 50 años, en su libro “Aspectos de la Democracia”, publicado en 1962, el profesor e investigador italiano Giovanni Sartori dejó dicho que “vivimos en una edad de democracia confusa, tan confusa que resulta hasta difícil determinar lo que la democracia no es”.
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Y si era así entonces, de seguro lo es más aún en nuestros días, luego de que fenómenos tan sacudidores como el desplome de la bipolaridad ideológica pusieran en cuestión prácticamente todo lo que venía siendo consagrado en los decenios anteriores. Pero también hay que decir, con el ánimo dispuesto a reconocer horizontes, que la globalización es una escuela de exigencias novedosas y de oportunidades inimaginables en el pasado inmediato; una escuela en la que la democracia debe también instruirse en clave evolutiva modernizadora.

La primera tentación simplista es la que pretende darle el nombre de democracia a todo lo que no sea autoritarismo o totalitarismo. Esto, por supuesto, deja más preguntas que respuestas, como es muy fácil advertir al hacer un recuento de experiencias en las diversas latitudes del mapa político, y más aún en estos tiempos de aperturas globales en cadena. La democracia, en realidad, es mucho más que un experimento espontáneo: se trata de una práctica que es expresión de un método de convivencia política y social, y que, por consiguiente, está regida por principios y por normas que se vinculan todos ellos con un valor básico insustituible: el valor libertad.

Pero aquí nos topamos con otra situación similar, si no más complicada: la libertad también se halla en trance de confusiones. Hay que precisar que la libertad democrática es aquella en la que no sólo se respetan los derechos sino en la que se procesan las diferencias que existen inevitablemente dentro del conglomerado social. No basta con decir que la democracia es el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, porque dicha afirmación no pasa de ser un enunciado, que en la vida real podría tener infinidad de interpretaciones. Y es que la democracia es un método que busca el permanente balance entre las formas y los contenidos. En nuestro tiempo tienden a abundar las democracias formales que no se ocupan de los contenidos democráticos. Y en los contenidos democráticos está la verdadera clave.

¿Cuáles son esos contenidos tan determinantes? En primer lugar, la conciencia compartida de que todos los seres humanos tienen responsabilidades y derechos básicos; en segundo lugar, la voluntad compartida de convivir haciendo valer tales derechos y responsabilidades; en tercer lugar, la finalidad compartida de preservar tal conciencia y de mover tal voluntad en función del mejoramiento progresivo tanto de los individuos como del organismo social en que se mueven; y en cuarto lugar, la aspiración compartida a que todos estos dinamismos se integren en la noción de destino. Hay, pues, una palabra que lo hilvana todo: la palabra “compartir”. Y sí esta palabra con sus diversas derivaciones en los hechos no está presente en la medida y con el virtuosismo necesarios no puede hablarse de democracia en concreto.

Tendríamos que plantearnos todas estas cuestiones en relación con lo que viene dándose en nuestro país desde que la opción democratizadora se instaló en el ambiente allá a comienzos de los años 80 del pasado siglo. Y al hacer un recuento comparativo de lo que ha sido hasta la fecha nuestra experiencia en el crecimiento democrático con lo que tendría que ser una vivencia democrática plena resalta de inmediato lo que nos falta asimilar, construir y consolidar al respecto. Y el déficit principal resulta de la ineptitud para manejar diferencias, que se convierte a cada paso en el principal obstáculo que va encontrando la dinámica evolutiva del proceso nacional.

Aún es muy fuerte la convicción generalizada de que basta guardar las formas de la democracia para que esta exista en forma saludable y segura. Pero en verdad tanto como las formas hay que cuidar y garantizar los contenidos. Introyectemos la democracia como lo que efectivamente es: un proyecto dinámico de vida en todos los órdenes.

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  • democracia
  • elecciones
  • libertad
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