La democracia es una práctica que no funciona sin el arte del consenso

En nuestra práctica nacional, el consenso político nunca ha podido realizarse en serio porque los encargados de ponerlo en acción lo han visto más como un juego ocasional que como un ejercicio habilitante.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Hay actualmente un fenómeno muy curioso y revelador a nivel global, y es que el ejercicio democrático parece estar necesitado de aprendizaje prácticamente en todas partes. Aun las democracias de más larga data, que eran catalogadas como realidades establecidas en forma plena sin necesidad de más, están hoy viviendo experiencias de cambio que conmueven sus cimientos y ponen en duda muchas de las prácticas vigentes. Como hemos venido señalando con insistencia, esto lo vemos en sociedades de avanzada, como las europeas y la estadounidense, donde se producen fenómenos que convulsionan el statu quo y desatan incontables ansiedades sobre lo que pudiera venir de aquí en adelante. Nadie parece preparado para enfrentar dichos avatares imprevistos, y por eso la resistencia agresiva es la reacción más común en los tiempos que corren. La contaminación de las atmósferas políticas y sociales es entonces consecuencia inevitable.

La democracia, como todo régimen de vida en sociedad, tiene sus componentes y sus reglas. El componente esencial de base es el pluralismo, que es algo connatural a la vivencia comunitaria, en cualquier tiempo y lugar. El pluralismo está ahí siempre, y quien mejor puede administrarlo es la democracia: por eso ésta constituye el régimen más acorde con la naturaleza de la interacción humana. Y si hay pluralismo en acción tiene que haber manejo constructivo de las diferencias, que son la materia viva del pluralismo. En tales condiciones, lo que se presenta como elemento insustituible para lograr el manejo al que antes hacíamos referencia es la dinámica de los consensos. Dicha dinámica no es, entonces, opcional, sino que representa la clave del buen gobierno en todos los órdenes.

En el título de esta Columna hemos mencionado un término que requiere alguna explicación: “El arte del consenso”. ¿Y por qué hablamos de arte, cuando aquí se trata de una realidad que más bien está marcada por los dinamismos pragmáticos? Pues porque el arte es una forma de insuflarle vida a todo lo existente, con el auxilio de la imaginación en vivo y de la sagacidad creativa. Entenderse entre humanos, a partir de las diferencias naturales que siempre están presentes, es una función que exige sutilezas bien pensadas y bien activadas. Y cuando nos estamos refiriendo a los entendimientos políticos sanos y eficientes, que no sean meros ajustes de intereses particulares, la habilidad constructiva resulta insustituible.

En nuestra práctica nacional, el consenso político nunca ha podido realizarse en serio porque los encargados de ponerlo en acción lo han visto más como un juego ocasional que como un ejercicio habilitante. Se sientan alrededor de una mesa sin identificar voluntades ni preparar condiciones. Lo primero sería establecer el método de trabajo con toda precisión y sin publicitarlo a las primeras de cambio. Después, definir el orden de los puntos a tratar, con la reserva preventiva del caso. Enseguida, construir una agenda suficiente y calendarizada, para que la tarea contenga puntos concretos y fechas identificables. Todo lo anterior forma parte de la seriedad que puede inspirar confianza.

En nuestro país, como hemos repetido tantas veces, todavía prevalece el absurdo concepto de que los que chocan son fuertes y los que se entienden son débiles. Esa es una trampa mental que no permite los avances efectivos, que son los que la realidad demanda cada vez con más apremio. Salir de esa trampa debe ser un esfuerzo cultural que habría que impulsar en todos los órdenes.

Hay que entrar de lleno, como individuos y como sociedad, en la lógica del consenso, ya que eso multiplica energías y produce estabilidad. Por fortuna, el fenómeno real es el que más empuja hoy en esa línea.

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