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La democracia necesita amplia participación ciudadana y un sistema fuerte de partidos

Todos tenemos que ser realistas y ponernos constantemente a tono con las exigencias de la realidad; y los partidos políticos, por la función que naturalmente desempeñan, tendrían que dar el ejemplo de ello.
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Nuestro proceso político se va desenvolviendo en el tiempo con una dinámica democratizadora que, pese a todas las dificultades e imperfecciones existentes, ya dio muestras sobradas de que es irreversible; sin embargo, en ninguna circunstancia hay que perder de vista el desenvolvimiento de los hechos concretos, porque los peligros de deterioro y aun de desarticulación del proceso nunca dejarán de estar al acecho. En ese sentido, la participación ciudadana, tanto en la acción como en la vigilancia, se vuelve cada vez más crucial y decisiva, y debe ser estimulada de manera inteligente y convincente para que no sea un simple brote de energías que se quedan en eso sino que trasciendan a ser un florecimiento de iniciativas que tengan capacidad de fructificar hacia adelante.

En los diversos niveles de la población hay cada vez más impaciencia y más reclamos en referencia al desempeño del sistema de partidos y a los resultados de la gestión pública. Esto es positivo en cuanto constituye una presión insoslayable para que las cosas vayan en rutas de ordenamiento y en ámbitos de transparencia; pero también hay que ponerle cuidado a los riesgos que pueden sobrevenir si se entra en una fase desestructuradora del sistema partidario que, pese a todos sus defectos, se ha mantenido en pie dándole estabilidad básica al esquema de vida que resultó de la solución política de la guerra.

Hay que insistir hasta el cansancio en el imperativo de que los partidos políticos tomen conciencia y acción de su propia responsabilidad reconstructora y remodeladora hacia el interior de los mismos, lo cual es vital para que puedan desempeñarse en concordancia con las aspiraciones y los requerimientos de la ciudadanía, que es la depositaria original del poder. Todos tenemos que ser realistas y ponernos constantemente a tono con las exigencias de la realidad; y los partidos políticos, por la función que naturalmente desempeñan, tendrían que dar el ejemplo de ello. Es tiempo de que las fuerzas partidarias, y muy en particular las que vienen siendo tradicionalmente mayoritarias, dejen de estar clavadas en sus respectivos ombligos, y miren en serio hacia el entorno nacional, no sólo dentro del coyunturalismo de las contiendas electorales, sino como práctica permanente de vida.

La participación ciudadana, que va creciendo sin parar, debe ser mucho más que una presencia demandante: tiene que convertirse en una fuente de iniciativas que los partidos tendrían que hacer suyas para que se vuelvan propuestas programables y activables. Si esto no se da, el sistema de partidos es el que entra en fase de peligro, lo cual puede conducirnos a lo imprevisible, que es lo peor que le puede pasar a una sociedad, como se constata en situaciones muy próximas, como es la de Venezuela, luego de que colapsara el sistema de partidos que se movían en la democracia, lo cual ocurrió por irresponsabilidad histórica de esos mismos partidos.

Ahora que estamos ya inmersos en una dinámica electoral con dos fechas decisivas hay que instar, con todo el énfasis necesario, a los partidos en contienda a que superen sus moldes caducos y se decidan a encarar sus responsabilidades fundamentales. La sociedad lo reclama y el proceso lo demanda. Contamos, afortunadamente, con la actitud ciudadana, que hasta hoy nunca se ha decantado por ningún tipo de aventurerismo. Esa sensatez es la que debería ser asumida sin reservas por todas las fuerzas nacionales.

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