La democracia siempre necesita partícipes convencidos, impulsores comprometidos y defensores vigilantes

... Se hace cada vez más imperioso poner todas las piezas en orden a fin de que los objetivos democráticos fundamentales puedan desempeñarse como debe ser y como se espera que sea. Y para ello el factor esencial lo constituyen las voluntades en juego.

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La democracia siempre necesita partícipes convencidos, impulsores comprometidos y defensores vigilantes

La democracia siempre necesita partícipes convencidos, impulsores comprometidos y defensores vigilantes

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICAEn la coyuntura histórica actual se hace evidente a cada instante, en todos los ámbitos globales, que la democracia es un factor estructural y funcional que está, como nunca antes, en la primera línea de la evolución, tanto por los múltiples peligros y amenazas que la acechan como por las energías de cambio que la dinamizan. Aunque los acosos antidemocráticos no dejan de existir, y más bien se han vuelto cada vez más activos en los años recientes, la necesidad de mantener en funciones el régimen de libertades, que es el núcleo del régimen democrático, viene ganando espacio en el ánimo de los pueblos, que cada día se convencen más de que sin libertades democráticas debidamente actuantes no puede haber presente seguro ni futuro prometedor. Y esto es lo que estamos viendo en nuestra realidad, pese a todos los trastornos.

En El Salvador, la experiencia política acumulada en el tiempo es un mosaico en el que prevalecen las deficiencias y las contradicciones. Lo que más destaca, si se hace un análisis desapasionado de lo que hemos vivido y de lo que en buena medida aún seguimos viviendo, es una doble imagen, a la que nos hemos referido muchas veces: por una parte, la inteligencia histórica de la ciudadanía, que en todo momento ha sabido comportarse de manera sensata y responsable, como lo pudimos comprobar en el curso del conflicto bélico interno; y por otra, el desatinado proceder casi constante de los liderazgos nacionales, atrapados por los apetitos de poder. Y ese contraste ha incidido de manera directa en la suerte de la democracia en el ambiente: si por tan largo tiempo no hubo ni siquiera intentos de democratizar nuestra vida nacional fue porque los liderazgos del país no sólo no se lo propusieron sino que, por el contrario, le fueron cerrando de manera sistemática todos los accesos a la democratización.

No podemos dejar de lado el hecho de que, precisamente por esa resistencia crónica de la que acabamos de hacer mención, la democracia llegó a nuestro escenario político por necesidad, cuando los artificiosos esquemas políticos tradicionales dieron definitivamente de sí allá a fines de la década de los setenta del pasado siglo. La necesidad se impuso sobre la falta de convicción, pero eso, que es una ganancia histórica definitiva, también representa un desafío de aprendizaje expuesto a múltiples obstáculos, porque la necesidad nunca es bienvenida.

Puestas así las cosas, lo que viene dándose en este escenario es una muy dificultosa puesta en acción de la vivencia democratizadora, con un libreto poco coherente y un elenco en el que prevalece la tentación artesanal. No es de extrañar, entonces, que la obra montada tenga con más frecuencia de la deseable similitud con una pieza del teatro del absurdo. La democracia, entonces, no puede manejarse saludablemente en tales condiciones, y por eso se hace cada vez más imperioso poner todas las piezas en orden a fin de que los objetivos democráticos fundamentales puedan desempeñarse como debe ser y como se espera que sea. Y para ello el factor esencial lo constituyen las voluntades en juego.

Es en función de eso que hemos destacado en el título de esta columna tres factores vitales y cruciales para que este proceso funcione de veras: la participación convencida, el compromiso impulsor y la vigilancia permanente. Todos los miembros del cuerpo social, económico y político están involucrados en la tarea, y, por consiguiente, la palabra clave es “interacción”, que es lo que más falta en nuestro medio, y por eso estamos como estamos. Nadie tiene excusa válida para no estar integrado en el esfuerzo, y tal integración debe darse en los tres planos antes mencionados; es decir, en la participación, en el compromiso y en la vigilancia. No basta, en ningún caso, con no poner obstáculos ni con evitar agresiones al proceso: es indispensable viabilizar la vida democrática en el día a día, sin excusas ni pretextos para no hacerlo.

Si algo necesitamos en el país es patentizar la conciencia sobre lo que la democracia significa, representa y demanda, con miras a que no haya despistes desorientadores ni sesgos desnaturalizadores. La democracia parece simple en la superficie, pero es compleja en la interioridad, por lo cual nunca debe ser dejada a su suerte. Repitamos, entonces, un término que jamás puede faltar: compromiso.

El compromiso democrático es más que función: es misión al servicio del destino nacional en concreto. Los ciudadanos, en cualquier posición en que nos hallemos, somos los encargados de esa misión, que es a la vez ceremonial y cruzada.

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