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La democracia solo puede funcionar bien si en ella se conjugan la paciencia activa y la impaciencia constructiva

El título de esta columna puede parecer para muchos un simple ingenio verbal, pero realmente responde a lo que debe darse en los hechos: la virtuosa interacción entre la paciencia y la impaciencia.
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La democracia solo puede funcionar bien si en ella se conjugan la paciencia activa y la impaciencia constructiva

La democracia solo puede funcionar bien si en ella se conjugan la paciencia activa y la impaciencia constructiva

La democracia solo puede funcionar bien si en ella se conjugan la paciencia activa y la impaciencia constructiva

La democracia solo puede funcionar bien si en ella se conjugan la paciencia activa y la impaciencia constructiva

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La democracia es un régimen de vida que requiere un método de desenvolvimiento progresivo. Esto significa que no se trata de una mera fórmula que pueda aplicarse en forma mecánica: es indispensable reconocer el escenario donde la democracia va a ser desplegada para, a partir de tal reconocimiento, ir potenciando todos los mecanismos que hagan funcionar la maquinaria completa. Se trata, pues, de un ejercicio constante, en el que ningún componente se puede dejar de lado, porque de lo contrario dicha maquinaria se va desajustando hasta llegar a la inoperancia. Por eso vemos democracias que se siguen llamando tales pese a que su funcionamiento no corresponde, en todo o en parte, con lo que dicen ser.

El título de esta columna puede parecer para muchos un simple ingenio verbal, pero realmente responde a lo que debe darse en los hechos: la virtuosa interacción entre la paciencia y la impaciencia. ¿Cómo así? Es lo que nos toca hacer a todos en la vida cotidiana si queremos que la vida se vaya desenvolviendo de manera imaginativa y sustentada. Y es que si sólo se ejercita la paciencia lo que en definitiva resulta es una especie de inercia improductiva, y si sólo se ejercita la impaciencia lo que al final se produce es la imprevisibilidad constante. Entonces hay que decidirse a hacer interactuar la paciencia y la impaciencia, cada una con sus propios flujos de energía, para que haya efectos a la vez realistas e imaginativos.

Pero dicha fusión tiene que ser debidamente programada, porque no se trata de hacer simples juegos de ocasión. Por eso hablamos de paciencia activa y de impaciencia constructiva. Es decir, hay que entender y poner en práctica el hecho de que nada se da por generación espontánea: todo requiere esfuerzo continuado y sucesivo, de tal manera que cada pieza vaya siendo ubicada en su puesto conforme a su propia naturaleza. Hay que tener paciencia para que la realidad pueda ir haciendo lo suyo de manera sistemática y progresiva, y hay que tener impaciencia para que lo que haya que hacer en el transcurso de la acción se mueva sin perder tiempo ni desperdiciar energías. Eso habría que asegurarlo con la diligencia del caso.

En la vida real, que es donde se desenvuelven todas las dinámicas que están realmente vinculadas al avance de la realidad, no es valedero ser paciente o impaciente sin valorar lo que cada una de tales actitudes representa: como nos enseña la experiencia en cualquier tiempo o circunstancia, de lo que se trata es de balancear para potenciar. Paciencia e impaciencia en realidad son las dos caras de la misma moneda, y en consecuencia deben ser asumidas como propósitos complementarios, cada faceta en su respectiva dimensión. La sola paciencia va apagando estímulos y la sola impaciencia va dispersando propósitos. Hay que generar un dinamismo integrador que nos ponga de cara a lo que debe ser, conforme a lo que requiera la dinámica histórica que se va plasmando en diversas situaciones específicas.

Lo que en verdad necesitamos los salvadoreños, y cada vez con más urgencia, es comprometernos de manera efectiva con lo que la realidad nos demanda en cada fase del despliegue evolutivo. Y puestos en tal perspectiva, lo que tenemos que hacer es animarnos a entrar en conexión directa con las fuentes de energía de la realidad presente, que son las únicas que verdaderamente tenemos a disposición. Es en tal dimensión que hay que aplicar, en participación virtuosa, la paciencia y la impaciencia. Pongamos un ejemplo al respecto: el avance ordenado de la democracia exige paciencia bien dosificada que permita ir armando el rompecabezas sin que ninguna pieza resulte mal puesta; pero a la vez hay que aplicar la impaciencia para que las cosas que hay que hacer no se vayan quedando rezagadas en ningún sentido.

Eso que decimos de la democracia puede y debe aplicarse a cualquier ámbito de la vida, sea personal o colectiva, porque los componentes y mecanismos básicos de la conducta valen para todo y para todos. Lo que hay que hacer siempre es alinear los impulsos propicios y gestionar los frenos necesarios, para que la máquina vital pueda ir desplazándose en forma coherente y eficiente sobre los rieles del propio destino, también personal o comunitario. En lo referente a este último, la práctica social y la educación cívica deben ir de la mano para fomentar y habilitar progresos integrales de toda índole.

Tags:

  • democracia
  • paciencia
  • impaciencia
  • realidad
  • conducta

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