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La deshumanización se está convirtiendo en una de las grandes distorsiones globales de nuestro tiempo

Ahora, nadie puede erigirse en dictador de propósitos, porque la realidad es cada vez más fluida en un juego de vasos comunicantes. Que lo acepten los “grandes” y también los “pequeños”.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Después de vivir en el mundo, por larguísimo tiempo, la artificiosa compartimentalización determinada por los intereses del poder, que fue conocida como era bipolar, llegó el quiebre de dicho esquema y dio inicio esta nueva época que conocemos como globalización. Pero ya en los hechos, las cosas no han pasado como hubiera sido previsible, y es que en este fenómeno tan abarcador se confirma aquello que es regla constante en la humana realidad: las cosas casi nunca son lo que parecen. En este caso específico, el hecho de tener un mundo dividido por múltiples fronteras hizo que creciera la sensación de seguridad, y luego, cuando esas fronteras comenzaron a disolverse, se fueron multiplicando las ansiedades por lo que pudieran traer los espacios abiertos; y en toda esta experiencia nueva hay también una incidencia directa de los intereses del poder.

La bipolaridad –que tenía en la cúspide a Estados Unidos y a la Unión Soviética– les permitía a los superpoderes jugar a su antojo con las amenazas destructivas, como era en primer término la amenaza nuclear; y cuando inició esta etapa de multipolaridad, el juego mostró su condición de tal. Hoy, por ejemplo, se ha llegado a la caricaturización del tema, y eso está a la vista en la presunta tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte, coreografiada en un acuerdo. Pero lo que sí es real es el miedo sobredimensionado y generalizado a los fenómenos migratorios, que siempre han existido, y que en estos días se toman como amenazas alarmantes. Es como si se estuviera imaginando una especie de conspiración global, atentatoria contra las imágenes supervivientes del antiguo orden.

Contra toda lógica histórica, el rechazo obsesivo a las inmigraciones del presente se quiere caracterizar como un mecanismo de defensa extrema. ¿Es que acaso ha habido alguna época anterior en que ese fenómeno de fluidez poblacional haya dejado de existir? No hay sociedad que haya permanecido en estado “puro”; más bien la evidencia indica lo contrario: el trasvase es lo que prevalece, en beneficio de la evolución. Y persistir en el rechazo alimenta la deshumanización. Es lo que se está mostrando con la agresiva política que al respecto impulsa la actual Administración estadounidense, que se ha vuelto un flagelo para los miles y miles de inmigrantes que provienen de nuestra zona. Es el cruel castigo contra el ansia de progreso.

La realidad del presente está necesitada con urgencia de asumir carácter verdaderamente evolutivo, porque en tanto eso no ocurra la humanidad continuará atrapada en los más graves desajustes. Es cierto que los factores de la modernización no han dejado de existir, pero los enredos y los trastornos que genera la falta de conciencia global, en el auténtico sentido de este término, están ganándole cada vez más terreno al desarrollo integral, al que habría que dedicarle la atención mayor, en todas las sociedades y en todas las latitudes. Si la irracionalidad continúa dictando la pauta, no habrá cómo garantizar el futuro.

En nuestro país esa deshumanización a la que nos referimos hace de las suyas sin reparos ni contenciones desde hace ya mucho tiempo. La guerra, por su propia naturaleza, fue deshumanizadora; y la posguerra, que pareció en un inicio abrirle espacios a la humanización ordenadora, se ha venido convirtiendo en el escenario más propicio para que prosperen las experiencias depredadoras, tanto en lo individual como en lo colectivo. Es por eso que la gran cuestión del presente debe centrarse en que el país asuma el reto de su propia sanidad.

A estas alturas, y dadas las condiciones imperantes, lo nacional, lo regional y lo global son dimensiones cada vez más intercomunicadas tanto en lo positivo como en lo negativo; y a eso no puede escapar nadie, desde los que ejercen el más alto poder hasta los que sufren las mayores penurias. Ahora, nadie puede erigirse en dictador de propósitos, porque la realidad es cada vez más fluida en un juego de vasos comunicantes. Que lo acepten los “grandes” y también los “pequeños”.

Es hora más que sobrada de que todos, sin excepciones de ninguna índole, asumamos la responsabilidad de aportar lo que respectivamente nos corresponde para hacer visible y posible un mundo cada día más humano y por consiguiente más vivible y convivible. Los apremios para que eso se dé ya no son evadibles para nadie, como lo muestra la cotidianidad en todas partes.

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