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La difícil moderación

La moderación es virtud en oposición al desenfreno y la exageración, a la falta de control sobre las pasiones. Desde esta perspectiva, una persona moderada es aquella cuyas actuaciones suelen estar apegadas a la serenidad, al equilibrio emocional y a la prudencia. Aunque se mueve siempre por convicciones firmes, sabe exponerlas y evita imponerlas.
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Moderación no es, por cierto, aceptar como válidas todas las propuestas que inventa el mundo, sino defender principios respetando la pluralidad de ideas. Adaptar nuestras convicciones a cada novedad es signo de inmadurez y ausencia de criterio; moderarnos, en cambio, nos obliga a ejercitar el buen juicio, el respeto y la reflexión sosegada.

Nunca es fácil la moderación, y menos en este ambiente de temperaturas extremas en que vivimos los salvadoreños. Entre nosotros no pasa mucho tiempo sin que las razones de un pleito sirvan de plataforma al siguiente, y así nos hemos ido forjando una cadena de desencuentros que ha terminado reduciendo a su mínima expresión aquella capacidad de diálogo que nos permitió poner fin a una guerra civil de doce años.

Los discursos extremos de los dos partidos mayoritarios han triunfado hasta hoy sobre los llamados a la moderación. Basta ojear un periódico para darse de bruces con esta realidad. Los intentos de llegar a acuerdos básicos alrededor de problemas urgentes se han visto ahogados por la intemperancia y la imprudencia, defectos muy propios de la política mediocre y cortoplacista.

Ya ni el hecho que tendremos elecciones hasta 2018 ha conseguido atemperar los ánimos. De la lucha por ganarse la buena voluntad de los votantes han pasado los dos partidos grandes a disputarse el “honor” de ver quién ahuyenta primero a esos votantes. El oficialismo concentra sus neuronas en hacer creíble una fantasiosa teoría sobre “golpes suaves”, mientras la oposición desaprovecha oportunidades de oro para distanciarse de la confrontación inútil y desgastante. Y en medio de esa pugna absurda, como la carne atrapada en el sándwich, la población sigue sufriendo lo indecible por la inseguridad y la situación económica. ¿Qué espacios para la moderación quedan entonces?

Pues existen, aunque no lo parezca. La esperanza se abre camino a través del brumoso aspecto de la actual coyuntura histórica. En ARENA, por ejemplo, el alcalde de Santa Tecla se ha pronunciado a favor de moderar la letra de la combativa marcha de su partido. Por el lado del gobierno, el inusual voto sensato de nuestra representación en la OEA –contra Venezuela– podría ser indicativo de una visión menos ideologizada en el manejo de la política exterior. Son gestos pequeños, casi invisibles ante la descomunal tozudez imperante, pero son a estas señales a las que conviene seguir la pista.

Desde hace años debió ARENA dejar de cantarle a los “rojos” que El Salvador sería su “tumba”. Por mucho que alguien se aferre a la historia para justificar la inmoderada frasecita, los electores del presente (y del futuro) no tienen por qué ponerse a sudar esa calentura. Si la discusión termina por volver intocable la marcha arenera, la obstinación habrá triunfado sobre la sensatez y el pragmatismo.

Igual reflexión cabe hacer respecto del apoyo que dimos en la OEA para crear un mecanismo multilateral de seguimiento a la riña fronteriza entre Venezuela y Colombia. Si llegara a rectificarse ese voto o, peor, se obligara a nuestra Cancillería a remover funcionarios, quedaría claro que el FMLN sigue parapetado en el extremismo a que nos tiene acostumbrados. “Sin novedad en el Frente”, diríamos con Erich Maria Remarque.

Nunca es fácil la moderación, pero los frutos que rinde son más jugosos que ese estéril pleito de ciegos que algunos llaman “política”.

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