La educación es una de las principales víctimas de la inseguridad

Esta ya no es cuestión opcional o coyuntural, al vaivén de las percepciones y de los intereses políticos, sino asunto clave de supervivencia democrática.
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<p>&nbsp;</p><p>El devastador fenómeno de la inseguridad ciudadana tiene impactos prácticamente en todos los órdenes de la vida nacional; pero hay algunas áreas especialmente victimizadas al respecto, y una de ellas, en primera línea, es la que corresponde al sistema educativo, con particular énfasis en lo público, por las diversas vulnerabilidades que ahí se padecen. Hay identificadas 300 escuelas afectadas por serios problemas de violencia; y, de seguro, el número es sólo una muestra de lo que realmente ocurre en el terreno. Enfocar y aplicarle los debidos tratamientos a esta situación tan alarmante y desestabilizadora es tarea urgente para la institucionalidad y para la sociedad.</p><p>La persistencia pandilleril se sustenta en el reclutamiento de niños y jóvenes en condiciones de riesgo, y, por consiguiente, es en el ámbito juvenil donde incide con más fuerza. Esto se proyecta a todos los ambientes en que se mueven los niños y los jóvenes, y por eso las escuelas y sus entornos siempre están en la mira. Los traslados de estudiantes de una escuela a otra se dan ahora sobre todo por razones de inseguridad, como una de las consecuencias del actual estado de cosas; pero de seguro lo más negativo es que la situación imperante produce una atmósfera generalizada de ansiedad y de desasosiego, que es lo menos propicio para la formación normal.</p><p>Para producir efectos compensatorios que vayan haciendo posible revertir los deterioros escolares en cadena, las máximas autoridades del área de Educación plantean estrategias como la de impulsar currículos especiales en espacios de mayor peligro, a fin de generar entornos de calidad que sean capaces de desatar dinámicas constructivas aun en las condiciones más adversas. Se planea, según lo informado al respecto, analizar experiencias internacionales muy concretas, como la del Bronx neoyorquino, para ver si es posible reproducirlas en nuestro país con las adecuaciones que exijan nuestras propias condiciones nacionales.</p><p>La delincuencia se ceba en las vulnerabilidades del sistema, de muchas maneras. Se saquean escuelas, se intimida a docentes, se desaparecen estudiantes, se atenta contra la normalidad del trabajo formativo. Es por ello indispensable estructurar y desplegar un plan de protección que tenga en cuenta todos los aspectos del problema. Y esto hay que articularlo con tres componentes absolutamente básicos: un esquema promotor de la calidad educativa que abarque todos los niveles y todos los ámbitos geográficos, una remodelación a fondo de los mecanismos de formación magisterial y un sistema de oportunidades estudiantiles que sea suficiente y sostenible. </p><p>Si la educación –en todos sus estratos, desde la parvularia hasta la superior– no se ubica sin reservas y definitivamente en la primera línea de los más grandes e impostergables temas de nación, retos tan decisivos como los de la productividad, el empleo y la paz social seguirán estando marcados por la inoperancia y por la frustración. Esta ya no es cuestión opcional o coyuntural, al vaivén de las percepciones y de los intereses políticos, sino asunto clave de supervivencia democrática. El tema de la inseguridad debería servir de palanca para proceder a una reconsideración integral del sistema educativo, de ejecución progresiva.</p><p>Lo que se haga por la educación en el presente será la base de lo que el país pueda esperar de su desempeño en el futuro. Y la experiencia de todos los países exitosos en el mundo enseña que la educación es la llave del éxito. En esto no hay por dónde perderse.</p><p>&nbsp;</p>

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