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La educación nacional está urgentemente necesitada de renovaciones básicas

Está urgiendo más que nunca hacer redefiniciones y remodelaciones estructurales y orgánicas para que toda la dinámica educativa pueda pasar a desempeñar el rol que le corresponde en una sociedad en permanente transición como es la nuestra.
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Cuando se trata el tema del desarrollo, uno de los componentes que surgen de inmediato es la educación como proyecto nacional. Y es que ya no es posible, bajo ninguna circunstancia, desentenderse del hecho notorio hasta la saciedad de que sólo la efectiva administración del conocimiento puede conducir hacia las metas de la superación integral tanto de los individuos como de la colectividad. En el caso salvadoreño, la función educativa ha venido estando tradicionalmente dejada al vaivén de las circunstancias, con falta crónica de planificación integral al respecto, y los resultados adversos son cada vez más imposibilitantes.

Para empezar nunca ha habido un enfoque que vincule la educación con el desarrollo, y en consecuencia no se ha manejado la educación como una fuente de oportunidades, quedando todo el fenómeno a merced de cualquier tipo de improvisación. Así nacieron las reformas educativas que se planteaban como cambios renovadores del sistema, y que lo que en definitiva lograron fue meter a dicho sistema en callejones sin salida. Y como no ha habido correcciones reorientadoras, las fallas y las deficiencias continúan haciéndose sentir.

Está urgiendo más que nunca hacer redefiniciones y remodelaciones estructurales y orgánicas para que toda la dinámica educativa pueda pasar a desempeñar el rol que le corresponde en una sociedad en permanente transición como es la nuestra. Puntos claves como la formación docente, la adecuación efectiva de las estructuras físicas del sistema educativo, el estímulo constante al cuerpo docente en general y la provisión de seguridad que es fundamental para que los maestros, los estudiantes y sus familias puedan vivir tranquilos y con la confianza debida se vuelven elementos vitales para que el referido sistema, en todas sus dimensiones y niveles, funcione de manera total y plena.

En este orden, hay dos objetivos realmente determinantes para la buena marcha del país: hacer que la población se supere de manera constante en los ámbitos culturales, científicos y tecnológicos, y por ende se haga posible la autosuperación en todos los órdenes; y asegurar que tal superación vaya convirtiéndose en motor de desarrollo con perspectivas ilimitadas.

Las circunstancias actuales del país hacen que la función educativa esté expuesta a riesgos y a trastornos aún más imposibilitantes, como son los que emanan de la avasalladora inseguridad que anda suelta por todas partes. Esto hace que haya gran cantidad de centros educativos prácticamente dejados a su suerte, con los efectos nefastos que eso acarrea en todo sentido. Corregir a fondo distorsiones de este tipo es parte vital del esfuerzo inaplazable para hacer que la ley se imponga en el terreno para asegurar las limpiezas necesarias.

Las estructuras y los desarrollos educativos tienen que ser reconducidos hacia una normalidad que efectivamente funcione como tal. Sin educación que cumpla de veras su tarea no hay progreso posible. Y lo que hemos venido padeciendo al respecto debería ser argumento suficiente para impulsar los cambios reconstructivos que las circunstancias exigen.

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