La educación no se puede reducir a lo científico y a lo técnico: hay que educar en primera línea el carácter y la conducta

Es fundamental reinyectar moralidad en el ambiente, así como lo es reorientar procederes personales y sociales en la ruta del respeto mutuo y de la sana convivencia. No es posible seguir en este ambiente de conflictividad artificiosa, cuyos motores principales son la intolerancia y el abuso.
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En nuestro país, la Educación ha venido deteriorándose con el tiempo, en especial desde que la ola reformista tomó impulso allá a finales de los años 60 del pasado siglo, con aquella tristemente célebre Reforma Educativa que desarticuló el sistema tradicional sin poder instalar en el terreno de los hechos un nuevo sistema que, preservando lo positivo ya existente, incorporara de manera constructiva los componentes de una eficaz dinámica modernizadora. Era cierto que nuestra Educación Nacional requería cambios realmente actualizantes, pero esto tenía que ser un proceso ordenadamente desplegado en el tiempo, para que lo nuevo trajera lo que se requería: expansión, renovación y proyección, todo ello al servicio de los seres humanos en proceso formativo y de la sociedad en la que irían a desenvolverse dichos seres humanos.

Para mayor trastorno, aquella Reforma clausuró el sistema de formación docente, que se hacía por tradición en las Escuelas Normales, de tan grata memoria en el ambiente, y dejó dicha formación al garete, con las consecuencias desestructuradoras que venimos padeciendo desde entonces. En el área del currículo desaparecieron muchas cosas, entre ellas la enseñanza de la Moral, la Urbanidad y la Cívica, que venía a complementar lo que podía aprenderse al respecto en la familia y en la sociedad misma. Basta recordar lo que eran las celebraciones cívicas y el culto a los símbolos patrios y a las grandes personalidades históricas en otros tiempos para constatar el vacío en que se ha venido cayendo desde entonces.

En los 50 años más próximos en el tiempo nuestro país ha vivido multitud de experiencias de alta intensidad, muchas de ellas traumáticas hasta el tope. Y aunque la guerra interna fue sin duda la más desgarradora, lo que viene pasando después, ya en la posguerra, es una prueba histórica de gran calado. Hoy más que nunca es indispensable que la Educación se vuelque hacia el individuo como sujeto de formación integral. La familia está en crisis y la sociedad también lo está: en tales condiciones, la escuela tiene que asumir sin reservas su tarea modeladora del carácter y ordenadora de la conducta. En ese sentido, la decisión legislativa de revivir la enseñanza de la Moral, la Urbanidad y la Cívica es más que oportuna.

Padecemos una creciente crisis de valores, como puede constatarse hasta en los más altos niveles de la institucionalidad. Es fundamental reinyectar moralidad en el ambiente, así como lo es reorientar procederes personales y sociales en la ruta del respeto mutuo y de la sana convivencia. No es posible seguir en este ambiente de conflictividad artificiosa, cuyos motores principales son la intolerancia y el abuso. No bastará en ningún caso con hacer reacomodos coyunturales del tipo que fueren, porque lo que el país está necesitando con urgencia es un replanteamiento básico y sólido de su esfuerzo modernizador.

Ojalá que la decisión de reincorporar al currículo en todos los niveles educativos, desde la parvularia hasta el bachillerato, la enseñanza de la Moral, la Urbanidad y la Cívica no vaya a frustrarse por excusas coyunturales. El Presidente de la República, como maestro que es, debería ser el principal impulsor de esta iniciativa. Pongámonos todos en la línea de reedificarnos desde las raíces de nuestro ser nacional. El alma y la conciencia de los salvadoreños son los terrenos fértiles para las siembras decisivas del futuro.

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