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La elocuencia

La Real Academia Española define la elocuencia como la facultad de hablar de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir a un público.
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Desde una anécdota hasta un cuento para dormir sirven de plataforma para un buen orador. Todos tenemos ese tío o tía, abuelo o abuela al que nos encanta escuchar en las reuniones familiares pues nos sentimos involuntariamente hipnotizados por sus palabras. Pero al buen orador no lo hacen tanto sus palabras como su público ya que la fuerza de comunión del grupo al escucharlo libera al demonio de la inspiración oratoria. Sin embargo, a este demonio de la inspiración oratoria que conocemos de primera mano con ese tío o abuelo lo encarnan también los políticos.

Los políticos tienen “buena labia”, como decimos, y por ello se les asocia a esta figura del orador que cuenta historias. El story-telling es una de las técnicas de persuasión a la que han recurrido muchos presidentes de Estados Unidos. En la Convención Demócrata que se llevó a cabo hace unas semanas en Filadelfia, Pensilvania, se presenciaron discursos que marcaron la historia de las elecciones de ese país y uno de ellos fue el del expresidente Bill Clinton. Al narrar su aventura de amor con Hillary Clinton supo llegarle al corazón a su audiencia, sumando así puntos a favor de su esposa. Bill Clinton supo establecer una relación de intimidad de algunos minutos con millones de estadounidenses, convirtiéndolos en los portadores de un secreto íntimo. La figura pública se volvía privada y la audiencia lo disfrutaba.

Pero la técnica de la retórica fue teorizada mucho antes por el filósofo griego Aristóteles quien distinguió tres pilares en el discurso retórico: el primero son los argumentos ligados al ethos que apelan a la honestidad y credibilidad del orador permitiéndole inspirar confianza en su audiencia. Luego están los argumentos referidos al pathos de orden puramente afectivos y ligados esencialmente al oyente del discurso. Por último, los argumentos ligados al logos se ciñen al tema y al mensaje mismo del discurso apelando a la razón y a la inteligencia de la audiencia. El orador tiene una responsabilidad moral con el mensaje que envía por lo que debe de predicar con el ejemplo. Este debe serle fiel a sus principios en todo momento y mostrarse firme en lo que desea expresarle a su público. La fluidez a la hora de hablar, los ademanes con las manos y el movimiento de los ojos y labios son clave. El orador no debe de olvidarse que está siendo juzgado milimétricamente por miles de ojos críticos, o incluso por toda una nación si se trata del presidente de la república.

Pero, ¿cuántos de nuestros políticos tienen la capacidad e inteligencia de pronunciar un discurso bien construido y coherente, un discurso con el que nos sintamos sobrellevados por fuerzas inspiradoras que nos impulsen a seguir adelante? Al subirse al podio, el orador se convierte en la voz líder y si como el quarterback del equipo no sabe formular el juego estratégico del gane, los jugadores no serán más que piezas perdidas en un océano de palabras vacías y sin sentido. Y si además este traiciona su mensaje, sus ideales y su coherencia de vida pública con la privada al momento de actuar, entonces renuncia, dimite o el partido y sus electores lo invitan a salir del juego. Esa proyección de honestidad y confianza que deja translucir en su mensaje debe de reflejarla también en la práctica de servir al pueblo. Ser elocuente, como lo dice la RAE, es una facultad y una aptitud moral que permite realizar cambios. Aptitud que más que trabajarla se nace con ella. ¿Pero cuántos de nuestros dirigentes nacieron con ella?

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