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La emigración tiene causas de fondo e impulsos de coyuntura: en ambos sentidos hay que hacer análisis pertinentes

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David Escobar Galindo

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Los que emigran voluntariamente –aunque haya causas inmediatas que los empujen– van, en mayoría abrumadora, a trabajar por su futuro y el de su gente. Esa imagen tergiversada de que los inmigrantes son criminales o aprovechados es sólo producto de los prejuicios más elementales y perversos.

El fenómeno migratorio es presencia viva y constante en el plano de las dinámicas globales. Los focos más conflictivos al respecto se ubican en Estados Unidos y en Europa. Esto ha desatado erupciones xenofóbicas de grandes alcances, que como las erupciones volcánicas sueltan corrientes depredadoras y gases asfixiantes cuando menos se espera. Los salvadoreños estamos en el centro de toda esta angustiosa problemática, y nos toca lidiar con ella de la manera más responsable que sea factible.

En nuestro caso nacional, siendo El Salvador país de emigración desde que se tiene memoria, lo que se produce en el curso de la posguerra es sólo una especie de transfiguración del fenómeno dentro de los cánones y plataformas de la dinámica globalizadora que se está imponiendo por doquier. Nuestro país es en verdad un ejemplo vivo y elocuente al máximo de lo que es la lógica migratoria, ahora y siempre. Una lógica de búsqueda de nueva vida, con todos los sacrificios que ello implique. Los que emigran voluntariamente –aunque haya causas inmediatas que los empujen– van, en mayoría abrumadora, a trabajar por su futuro y el de su gente. Esa imagen tergiversada de que los inmigrantes son criminales o aprovechados es sólo producto de los prejuicios más elementales y perversos.

Y hoy, según la configuración de la vivencia migratoria imperante, los que emigran ya no van a desaparecer con sus identidades en el lugar de destino, sino que van a emerger haciendo más vívidas y actuantes dichas identidades. Los millones de salvadoreños que se han ido, particularmente hacia Estados Unidos, que es con mucho el lugar principal de destino, lo demuestran con vigor cotidiano.

En estos tiempos de aperturas con extensión global los imanes de la emigración-inmigración se vuelven aún más vivos. Ahí, a la vista y a la mano, está el desarrollo, y en la mente de los que aspiran a él se abre sin duda una pregunta que puede tener diversos términos pero que comparte la misma esencia: ¿Por qué esperar a que el desarrollo venga hasta mi lugar cuando puedo ir a buscarlo donde ya está? Y los movimientos que eso provoca generan en los lugares de destino reacciones defensivas que, sin dejar de ser comprensibles, tienen que manejarse con inteligencia y con realismo. Es cierto que los países receptores deben proteger su legalidad y garantizar su seguridad, pero no a golpes de martillo ni a iniciativas de piedra. Persecuciones salvajes y muros arrogantes al final no sirven de nada, como la historia lo demuestra.

Lo que hay que ir haciendo es ordenar en todo sentido las opciones de progreso para que no choquen con los mecanismos de la buena práctica tanto nacional como internacional. Y a esto hay que darle vigencia en los hechos tal como estos se producen en el mundo del presente.

Los migrantes, en abrumadora mayoría, son aspirantes a una vida mejor. Eso hay que administrarlo en forma positiva, y así se beneficiarán ellos, sus países de origen y sus países de destino. Y pese a las adversidades, estamos viendo cómo esos beneficios se manifiestan.

Si queremos que El Salvador se vuelva país de destino para su propia gente hay que aplicar la modernización plena y permanente. A eso hay que apostarle sin reservas, para que seamos fieles a nuestra propia evolución.

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