La encrucijada venezolana

A raíz del fallecimiento del presidente electo señor Hugo Chávez –e independientemente de quien resulte triunfador en las elecciones previstas en la Constitución venezolana–, todo hace suponer que la transición no será nada fácil.
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La polarización existente en ese país es el primer obstáculo que habrán de enfrentar los hermanos venezolanos, en un momento en que la idolatría creciente que se apodera de los seguidores del hombre que gobernó por 14 años corre en paralelo al descontento provocado por un brutal deterioro económico y social, que afecta por igual a adversarios y a aquellos que se beneficiaron del populismo chavista.

El dilema sobre la sucesión presidencial estará también marcado por las diferencias abismales entre un presidente carismático, líder indiscutible y de fácil palabra, y los candidatos que ya están virtualmente definidos. Para los entendidos, estas cualidades no las tiene ninguno de los potenciales candidatos, comenzando por el señor Maduro. En un lenguaje coloquial se diría que el fallecido presidente no tiene copia y que solo la veneración y el cariño que sienten quienes fueron sus fieles seguidores puede de alguna manera compensar las carencias de aquellos que desde el oficialismo pretenden sustituirlo.

Sin embargo, la oposición –que ya demostró su fortaleza en las pasadas elecciones presidenciales– tiene ahora mayores posibilidades de que su ya probado candidato –señor Henrique Capriles– acceda al poder, porque el “voto duro” que se atribuye al oficialismo no es del partido, sino del fallecido gobernante. Un adversario débil, una economía maltrecha, el descontento provocado por la forma en que se manejó todo lo relacionado con la enfermedad del señor Chávez y el manoseo de la Constitución pueden así hacer la diferencia. Sin embargo, no puede obviarse la influencia que puede tener en el resultado de las elecciones la gravitación del aparato estatal puesto al servicio del partido gobernante. Pero las maniobras atribuibles mayormente al señor Maduro pueden terminar por volcarse contra él mismo.

Pero si la ausencia física de Chávez ha dejado un gran vacío en su propio país, los gobiernos a quienes les prodigó una generosa ayuda material a cambio de compartir su credo también se sienten huérfanos. El señor Maduro no se menciona como una persona capaz de liderar un movimiento latinoamericano para enfrentarse con determinación a lo que aquel llamaba “el imperio”. Y los que se mencionan como posibles candidatos para cubrir el espacio que dejó el presidente electo de Venezuela, como Correa y Morales, están muy lejos de ganarse el respeto y la simpatía que proyectaba don Hugo en los países cuyos gobiernos abrazaron sus ideas. Los Castro ya jugaron su papel y hay indicios de que vienen de regreso. Sin liderazgo interno y una ausencia visible en el exterior, Venezuela se convertiría en un espectador más en el ámbito latinoamericano.

Bajo esas condiciones, ¿podrá el llamado Socialismo del Siglo XXI consolidarse como eran las aspiraciones del líder de la Revolución Bolivariana? Muy dudosos responderían aquellos que ven en la transición el advenimiento de un episodio muy complejo y prolongado. Porque para decirlo con toda objetividad –y más allá de la veneración que le profesa a la figura de Chávez una gran parte de la población– hay también miles y miles de ciudadanos que claman por la tolerancia, la solidaridad y el reencuentro de la familia venezolana, como presupuestos fundamentales para darle viabilidad al país en todos los órdenes. Y esto incluye a seguidores y adversarios de Chávez.

Y si el sentir de la mayoría va en esta dirección, es muy probable que ningún gobierno pueda eludir esos desafíos. Siendo así, habrá un desplazamiento de objetivos donde cobrará mayor relevancia el esfuerzo concertado para resolver los problemas internos. Ergo: los países o gobiernos que depositaron una fe ciega en el espíritu de solidaridad que caracterizó al señor Chávez pueden verse afectados aunque al final todo dependerá de cómo los propios venezolanos enfrenten la encrucijada para que el país sea gobernable y vuelva por los fueros de la democracia liberal.

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