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La enseñanza de la Moral, la Urbanidad y la Cívica debe ser intensiva al máximo

Lo que los hechos patentizan es que se requiere un reciclaje de las conductas tanto personales como colectivas. Al respecto, la familia, la escuela y la sociedad deben poner cada una lo que le corresponde.
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Al reincorporarse la asignatura de Moral, Urbanidad y Cívica al esquema educativo nacional se hace necesario contar con el profesorado competente para impartir tales conocimientos de manera efectiva, conforme a los requerimientos de una formación que cumpla con todos los objetivos propuestos. Y el principal de tales objetivos consiste en definir la personalidad conforme a los valores básicos de una convivencia civilizada y armoniosa y de una interacción social constructiva y productiva. Cuando dicha asignatura se borró del currículo educacional, el proceso formativo sufrió una pérdida de consecuencias incalculables, y eso se empezó a ver de inmediato y se ha seguido viendo en forma acumulativa.

Una vez concluido el conflicto bélico, las necesidades de replantearse todo el esquema de vida tomaron creciente apremio. No era una cuestión teórica, resultante de experimentaciones intelectuales o técnicas, sino una demanda perentoria del fenómeno real, que estaba compeliéndonos desde diversos ángulos a restaurar los tejidos sociales para que el país entero pudiera entrar en la nueva fase con buenos augurios y con metas identificables. Está demostrado hasta la saciedad que toda evolución humana necesita conciencias que le den impulso, y ya no se diga cuando se viene de situaciones tan traumatizantes y desintegradoras como las que se han dado en El Salvador desde siempre.

Desafortunadamente, la experiencia de posguerra no ha tenido los efectos potenciadores de normalidad que eran deseables, y más bien la sociedad salvadoreña se ha seguido moviendo en un clima de dispersión y de conflictividad que se vuelve cada vez más inhóspito. Lo que los hechos patentizan es que se requiere un reciclaje de las conductas tanto personales como colectivas. Al respecto, la familia, la escuela y la sociedad deben poner cada una lo que le corresponde. En la familia se sientan las bases del proceder personal; en la escuela se educan tanto la personalidad como el intelecto; en la sociedad se organizan los esquemas de la sana y pacífica convivencia.

Al referirnos a la enseñanza de la Moral, la Urbanidad y la Cívica, la ubicamos en el rol que debe cumplir: ser una guía sintética para orientar los comportamientos en el diario vivir. La Moral orienta el proceder correcto y honorable; la Urbanidad promueve el buen trato en el intercambio social; la Cívica estimula el reconocimiento y la práctica de la cultura patriótica. Y al convertir todo ello en material de estudio y de aprendizaje se contribuye a consolidar la conciencia en el valor que tiene vivir en armonía y con apego a la vigencia de los valores.

Desde luego, para lograr que tal enseñanza cumpla con su cometido, la función docente es absolutamente clave. Se está procediendo ya a la capacitación de más de dos mil maestros para que impartan la asignatura aludida; pero eso, aunque cumpla su objetivo específico, no será suficiente, porque de lo que verdaderamente se trata es de convertir todo el aparato educativo en una organización promotora de valores, en particular aquéllos que garantizan un vivir y un convivir humanizados, y que son los que más escasean en el ambiente.

De continuar en el deterioro de las conductas tanto privadas como públicas, tal como se viene dando en forma progresiva, los salvadoreños seguiremos perdiendo identidad y oportunidades de progreso. Es lo que hay que corregir y reorientar sin más tardanza.

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