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La esfera de cristal

Para construir la democracia los gobiernos deben mantenerse al día acerca de lo que piensa la gente. Cuando un alto funcionario expresa inexactitudes sobre el estado de la nación puede ser, entre otras causas, por ignorancia de la realidad. En tal caso el protagonista no exhibe la capacidad requerida para ocupar su cargo.
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Los que tenemos algunos conocimientos sobre comunicación sabemos que al público no se le puede engañar permanentemente con mentiras o medias verdades. Si bien el doctor Goebbels –el experto comunicador de Hitler y los nazis– pretendió crear un dogma al proclamar que una mentira repetida insistentemente puede convertirse en una verdad, no debe entenderse fuera de contexto: tan deleznable objetivo puede lograrse eventualmente donde los medios de comunicación independientes han desaparecido o están totalmente amordazados. Es posible donde hay una dictadura como la de los nazis en Alemania o los Castro en Cuba. Ojo, pues, que aquí todavía no hemos llegado a eso, aunque es evidente que algunos se mueren de ganas para que ocurra.

En los convulsos días del gobierno del general Carlos Humberto Romero, un grupo de comunicadores particulares fuimos invitados a Casa Presidencial para oír nuestras opiniones. El secretario de Información me sorprendió con una inesperada pregunta: “Si tú estuvieras en mi lugar, con una crisis política del tamaño de la que estamos viviendo, ¿qué harías?” Mi respuesta fue: “Primero investigar. Investigar la opinión pública”. La sinceridad de aquel funcionario puede calibrarse por el hecho de que conocía perfectamente mi posición opositora a su gobierno. Y extendí mi respuesta: “El problema de los gobernantes ha sido contar con informes no siempre objetivos. Los llamados ‘antenas’ por ejemplo, son gente necesitada y para mantener su empleo pueden deformar los hechos o inventarlos. Algunos políticos protegen sus propias posiciones alterando la realidad ante el jefe y creando desconfianza sobre aquellos que identifican como sus potenciales substitutos... Y por ahí podríamos seguir. Lo pertinente –sugerí– es salir de este cerco, encargando a investigadores profesionales e independientes la elaboración de encuestas correctamente diseñadas y realizadas, para saber qué piensa y qué quiere la gente”.

No deseo contradecir a nadie, ni distraer su tiempo a ningún personaje importante –siendo yo un modesto caminante en la llanura–, pero cuando se nos dice que aquí no hay crisis real sino una crisis artificial creada interesadamente por un sector político, creo que es hora de reiterar la sugerencia de ponerse al día con lo que la población opina, percibe o resiente en carne propia, haciendo las encuestas honestas, serias y urgentes que la situación demanda. Porque si en este hermoso país, hay o no hay crisis, quien puede afirmarlo o negarlo es el sufrido pueblo salvadoreño, cuya inteligencia e intuición han sido puestas a prueba durante nuestra historia y al que injustamente políticos de viejo o nuevo cuño le pasan la cuenta por los platos que otros quiebran.

En momentos tan delicados como el presente, hay que saber romper la esfera de cristal que aísla a los gobernantes de los gobernados. Es tiempo de terminar con el secretismo y el encubrimiento. Ahora que se exhiben listas de evasores de impuestos, ¿se incluye al personaje que confesó públicamente haber recibido un donativo de tres millones de dólares y que no pagaría los 750 mil del impuesto correspondiente?

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