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La estrategia política tiene que evolucionar con los tiempos

Hay que recordarles a los políticos que la disputa de fondo no es entre ellos, sino entre ellos y la realidad. Y, en cuanto al clic que tienen que hacer con los jóvenes, no lo pueden lograr con mensajitos estilo navideño: deben tocar fibras de alta sensibilidad.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Según el Diccionario de la Lengua Española, estrategia es, entre otras acepciones, el arte para dirigir un asunto. Y al ser un arte es la “virtud, disposición y habilidad para hacer algo”, conforme al mismo Diccionario. Subrayamos los tres términos, infaltables: virtud, disposición y habilidad, en cuya integración está la clave de los resultados. Así como en lo militar es indispensable contar con una estrategia funcional y efectiva para alcanzar los fines que se persiguen, en lo político ocurre lo mismo. Y en la competencia política, que tiene mucho de contienda militar, ya no se diga. Estamos, pues, en un terreno por donde no se puede avanzar sin estrategia conducente, y en el que casi todos los despistes, errores, desatinos y sorpresas negativas provienen de no haber sabido estructurar y activar oportunamente la línea estratégica adecuada.

En nuestro ambiente, hay que reconocer que la estratega más fina y exitosa ha sido la realidad misma. Esto parece un juego de significados, pero en verdad es un hecho comprobable. El muestrario más elocuente de ello está en la guerra interna que arrancó en los años setenta y concluyó al principio de los noventa del pasado siglo. Las dos fuerzas en lucha bélica desplegaron estrategias militares que les permitieron sobrevivir en el terreno, pero que no les permitieron alzarse –a ninguna de ellas– con la victoria militar, que era la meta natural de ambas. ¿Y qué fue lo que impidió dicha forma de victoria? La misma realidad, con sus contenidos históricos y su voluntad de futuro renovado. Es la realidad, entonces, la gran maestra en funciones, aunque aún no se le reconozca ese rol decisivo con la unanimidad que se requiere.

Estamos en campaña presidencial, y el solo hecho de estarlo condiciona todo el hacer y el quehacer nacionales. Si bien es un condicionamiento difuso, tiene una influencia que se vuelve decisiva para el desenvolvimiento de la dinámica del país en su conjunto. Esto debería mover, ahora más que nunca, hacia un reexamen de las estrategias partidarias y de la estrategia política como ejercicio fundamental del sistema. Hasta el momento, sin embargo, no se ven señales de que se esté dando un movimiento en esa línea en ninguna de las fuerzas en competencia, lo cual augura una repetición mecánica de las prácticas competitivas ya desgastadas por el uso. Aun las imágenes de las candidaturas dan la impresión de pertenecer a otro tiempo, cuando lo que hoy se demanda es creatividad inspiradora tanto en los perfiles como en los mensajes.

Dicho fenómeno transformador, por la misma naturaleza de la coyuntura histórica que vivimos, debe asumir condición multifacética, a partir de un meollo en el que se juntan tres componentes de seguro insustituibles: carisma, compromiso e imaginación. Cualquiera podría decir que el carisma es subjetivo, el compromiso es formal y la imaginación es complementaria. En este caso, sin embargo, y dado el momento tan especial en que este evento electoral tiene lugar, habría que ver las cosas con una amplitud comprensiva diferente a lo que tenemos sobradamente conocido. Carisma porque la población necesita revitalizar el nexo con la política; compromiso porque ha venido creciendo el imperativo de rendición de cuentas; imaginación porque hay un generalizado cansancio y aun fastidio respecto de las maneras tradicionales de enfrentar los retos políticos.

La conexión con los núcleos poblacionales emergentes es ahora vital para tener capacidad de éxito. Los partidos –y no sólo entre nosotros– tienen una especie de resistencia a traspasar sus fronteras conocidas. En Estados Unidos, por ejemplo, con toda la experiencia de aquella democracia, el Partido Republicano no dimensionó a tiempo la inevitabilidad de contar con el voto hispano, y ahí tuvo sus consecuencias. En nuestro país, hay un bloque en expansión de votantes jóvenes. ¿Cómo van a seducir a esos jóvenes las fórmulas y los mensajes que están en competencia? Hay que recordarles a los políticos que la disputa de fondo no es entre ellos, sino entre ellos y la realidad. Y, en cuanto al clic que tienen que hacer con los jóvenes, no lo pueden lograr con mensajitos estilo navideño: deben tocar fibras de alta sensibilidad.

Lo curioso es que, en lo que a los jóvenes respecta, se han venido fortificando las barreras para que lleguen a asumir responsabilidades en el más alto nivel del poder partidario. Y en esto hay una especie de unanimidad muy reveladora. Los procesos avanzan, los tiempos cambian, las perspectivas evolucionan. Y a todo eso hay que responder, en cualquier ámbito de la vida, con la creatividad en vivo y en directo. La política debería dar el ejemplo más convincente en esa línea. Y no hacerlo es doblemente perjudicial: para la política como tal y para el destino de la nación.

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