La experiencia enseña que todos aprendemos de todos

Lo que tenemos que hacer, en primer lugar, es despojarnos de toda arrogancia en el trato con los demás, sean quienes fueren; y luego decidirnos a escuchar.
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La vida de cualquier persona y de cualquier organización humana, desde las más sencillas y locales hasta las más complejas y globales, es un aprendizaje permanente e inagotable. Por efecto de un simplismo convertido casi en dogma, se ha llegado a creer que hay unos que enseñan y otros que aprenden, como si el conocimiento fuera patrimonio inalterablemente repartido. La verdad real y cotidiana, en cualquier tiempo y lugar, es que todos aprendemos de todos, y que si bien el conocimiento intelectual tiene jerarquías bien definidas, el conocimiento existencial es transversal sin fronteras. Hay que tener presente, pues, en primer lugar, esa diferenciación entre conocimiento intelectual y conocimiento existencial, de tal modo que seamos capaces de entender —cada quien como individuo y como ciudadano— que lo humano es herencia común.

Uno despierta cada día, y puede hacerlo con una de dos actitudes posibles respecto de lo que le rodea: con voluntad afirmativa o con ánimo negador. Y esto no tiene que ver directamente con pertenencias sociales o con condiciones económicas. Lo material puede ser palanca o retranca, según cómo se maneje. Al respecto, en la memoria tengo imágenes contrastantes: de personas pudientes que viven ahogadas de angustia y conflictuadas al máximo y de personas que tienen muy poco y sin embargo están colmadas de ilusión y de ansias de soñar. Y todas esas evidencias enseñan. El entorno es siempre una escuela en movimiento. Desde luego, lo natural debería ser la voluntad positiva. El miedo, el rencor, la cólera y la frustración existen y son inevitables, pero hay que procesarlos para que no se empocen en el alma, infiltrando veneno moral.

Quizás una de las claves infalibles de un buen vivir consista en abrirse a aprender constantemente, en el día a día, de los demás, entendiendo que los demás no son sólo nuestros semejantes sino todos los seres que nos rodean. Entre los humanos, no sólo los que tienen saberes específicos o títulos formales pueden darnos lecciones útiles: de cualquier persona, por rudimentaria que parezca, se puede aprender algo. En mi experiencia personal, nunca dejaré de agradecerle a la Providencia el haberme permitido convivir en la infancia con mucha gente del campo, iletrados prácticamente todos, pero con una sabiduría espontánea producto de la inteligencia natural unida a la observación de los distintos fenómenos del ambiente y al cúmulo de sencillas verdades heredades.

Recuerdo a personajes como don Perfecto Alas, Salvador Pocasangre, Eugenio Anaya, la Niña María Guzmán, Félix Antonio Reyes, Margarita Perla, entre muchos otros, de los que se podría hacer una pequeña enciclopedia de conocimientos prácticos. Y la verdad es que a diario nos encontramos con profesores inesperados, a veces en las cosas más triviales y en apariencia insignificantes, aunque también de repente en lo que toca a los detalles profundos de la convivencia. Lo que tenemos que hacer, en primer lugar, es despojarnos de toda arrogancia en el trato con los demás, sean quienes fueren; y luego decidirnos a escuchar. Ese verbo –escuchar— que parece tan obvio y que cada vez resulta más dificultoso por falta de práctica. La sordera interpersonal es una de las plagas de nuestro tiempo; y el autismo tecnológico es su mejor cómplice.

En este mundo globalizado, se ha vuelto más evidente que nunca que todos necesitamos aprender sin descanso ni excepción. La prueba suprema de ello deriva en estos días de la situación de la economía mundial. Los desarrollados llegaron a sentir que su prosperidad estaba blindada contra todo riesgo, y miren ustedes los efectos devastadores de esa autocomplacencia ingenua. Es como si, de pronto, la realidad nos estuviera diciendo a todos que si no entramos en su aula intensiva nos quedaremos en la más despiadada intemperie. Y resulta cada vez más claro que las soluciones factibles no les pertenecen a los tecnócratas, de cualquier signo o experticia, sino que están enraizadas en la sabiduría común, ésa que viene circulando en el aire y caminando entre el polvo desde siempre. Si no queremos verlo, el surtido de los tropiezos seguirá aumentando.

Internamente, el imperativo de escuchar a los demás y de aprender de los demás debería convertirse en el motor elemental de la paz social y del desarrollo sostenido. El diálogo de sordos es el principal obstáculo de la sana convivencia. La crispación convertida en recurso permanente de respuesta tiende a conflictuar el metabolismo nacional. En este inicio de año hagamos el propósito de responder con lucidez y con sensatez a los diversos requerimientos del fenómeno real. Por salud, por equilibrio y por estabilidad.

Tags:

  • Experiencia
  • aprender
  • conocimiento

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