La explosiva situación de Venezuela debe servir de espejo aleccionador para todos los países de nuestra área

Y es que ya ni siquiera aquellos Gobiernos que han mantenido vínculos estrechos con el régimen venezolano, más por razones de beneficio económico que por cercanías de orden ideológico, como es el caso del nuestro, son capaces de apuntalar un régimen que ha perdido toda viabilidad.
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Desde hace ya casi 20 años, Venezuela ha estado inmersa en un régimen que ha querido revivir un socialismo históricamente caduco, y esta vez no por la fuerza de la ideología sino por el poder económico derivado de la inmensa riqueza petrolera de dicho país. Hugo Chávez, resultado de la frustración del pueblo venezolano por el actuar de los partidos políticos venezolanos, que se volvieron cómplices para repartirse el poder, enarboló la bandera del llamado Socialismo del Siglo XXI, surgido como una fantasía nostálgica sin ninguna posibilidad de prosperar en el mundo real. El chavismo, pese a toda la retórica envolvente, nació como un experimento fallido, y los hechos lo demuestran en forma inequívoca.

Al desaparecer físicamente Chávez, su herencia entró de inmediato en zona de caducidad total, y eso se ha visto en forma dramática en el curso de estos años recientes; pero desde luego el poder enquistado se ha resistido y sigue resistiéndose a reconocer la realidad, y esa ceguera compulsiva está llegando a límites inverosímiles. La crisis económica y social está en niveles inimaginables, y ante ella el régimen madurista, que es ya una caricatura de sí mismo, acude a medidas desesperadas, como son la abrupta salida de la OEA y la convocatoria a una dizque Asamblea Constituyente en busca de asegurar la permanencia a toda costa.

En verdad, nos hallamos frente a una realidad que debe ser aleccionadora para todos. El populismo es una trampa que no tiene salida. Y si el populismo se engarza con el totalitarismo, aunque sea bajo el disfraz de la democracia, la trampa acaba volviéndose mortal. Ni siquiera cuando se cuenta con una riqueza tan extremadamente caudalosa como la de Venezuela es posible sobrellevar los estragos del trastorno socialista. Y el desplome de la Unión Soviética, que era una superpotencia, lo dejó demostrado en su momento. Ahora lo que toca en el caso venezolano es entrar en fase profundamente correctiva, para recuperar la productividad y la democracia.

El choque frontal entre el Gobierno y las fuerzas opositoras ya pasó al plano de la violencia homicida. Se está recomendando diálogo, pero no se ve por dónde podría activarse una salida de ese tipo. En nuestra capital se realizó ayer una sesión extraordinaria de la CELAC, compuesta por un conjunto de Estados Latinoamericanos y Caribeños con muchos lazos con Venezuela, la cual no pasó de ser un simulacro inútil. Y es que ya ni siquiera aquellos Gobiernos que han mantenido vínculos estrechos con el régimen venezolano, más por razones de beneficio económico que por cercanías de orden ideológico, como es el caso del nuestro, son capaces de apuntalar un régimen que ha perdido toda viabilidad.

En nuestra región también se van dando dinámicas de cambio, y ya no hacia el extremismo sino más bien hacia la recuperación de los lineamientos realistas. No es un proceso fácil ni de corto alcance: hay que prepararse para encarar desafíos de alta intensidad, porque las realidades demandan en todas partes compromisos renovadores muy concretos, que tienen que ver con el desarrollo sustentado y con la mejoría efectiva de las condiciones de vida.

Es claro que estamos en transición, y nuestro país no escapa a dicha dinámica, sino que más bien es un ejemplo de ella. Dejemos a un lado los esquemas caducos, de la procedencia y de la índole que sean, para entrar en zona de transformación vivificante.
 

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