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La fábula de la Ceiba y el Bonsái (Parte II)

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Milena Mayorga

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Han pasado dos meses desde la aplastante derrota del 3F y aún no se vislumbran cambios en las máximas dirigencias de los partidos tradicionales, como al que represento. Cambios que la ciudadanía demanda para iniciar un proceso de transformación y no desaparezcan, pues seguimos haciendo lo mismo.

Estamos aferrados a un fanatismo ideológico que nos ha hecho tanto daño y que lucha por perpetuarse, para continuar con un sistema de mando verticalista que se cierra a la participación democrática y antepone la bandera del partido por encima de la bandera azul y blanco, que debería ser nuestra inspiración en la construcción de una sociedad más justa.

Este modelo de poder que ha dañado a nuestra nación por décadas se aferra a no irse, pues representa a grandes capitales y aplasta a los más vulnerables. La Constitución de la República en su art. 1 plasma que la persona humana es el origen y fin de la actividad del Estado, mandato que no hemos acatado, pues tenemos como ejemplo un pésimo sistema de pensiones que no permite el retiro de una gran clase trabajadora porque su pensión no cumple con un porcentaje decente para sobrevivir, llenando las plazas que los jóvenes necesitan y bloqueando los espacios para construir su futuro.

Es hasta hoy que se dan cuenta, si es que lo han hecho, del descontento de la población luego de la última derrota electoral y por la consigna "los mismos de siempre" o "devuelvan lo robado". Sí, aunque duela se le ha robado a nuestros adultos la oportunidad de un retiro digno, se le ha robado a la gente la oportunidad de tener un sistema de transporte justo potenciando a los empresarios y cafres del volante, se ha negado tener hospitales con servicio de calidad, se le ha robado a la niñez tener infraestructuras escolares aceptables, se le ha robado la paz y seguridad a los ciudadanos porque los índices delincuenciales y la falta de oportunidades matan a diario jóvenes y a otros se les expulsa fuera de nuestra tierra.

El sistema capitalista no puede seguir siendo tan voraz, debemos replantear la derecha como una derecha social y del pueblo. Como una derecha que de verdad defiende a los más vulnerables, defiende la libertad de expresión y democracia desde su casa y no tiene hijos predilectos. La derecha social que debemos promover es la que mira distinto el sistema económico, porque es más inclusivo y más humano. La derecha social es solidaria, permite repartir las riquezas de forma más equitativa sin frenar el desarrollo dando lugar al crecimiento económico en todos los estratos y sectores de la sociedad.

Para reconectar con el salvadoreño, tenemos que comenzar cuanto antes a dar muestras que queremos transformarnos proporcionando instrumentos que mejoren la calidad de la democracia. No podemos apoyar la reforma para que debilite la figura de los candidatos no partidarios, que tienen alto nivel de aceptación. E incluso no debemos pensar en derogar el voto cruzado, ambos son un nuevo matiz de pluralidad en el sistema político, aun cuando sea difícil pero no imposible contabilizar en las urnas. Este tipo de amenazas por parte de "los mismos de siempre" es hacer oídos necios y sordos a las expresiones de nuestros electores e ignorar sentencias constitucionales, coartando las candidaturas independientes y manteniendo el estatus del sistema de partidos.

Otra acción para enganchar con el ciudadano son las alianzas estratégicas entre líderes para generar desarrollo. El Corredor del Centro Histórico es una clara señal de una nueva generación de políticos. El presidente electo y el alcalde de San Salvador han puesto a un lado la bandera partidaria para buscar el beneficio y progreso de la ciudad capital. El mensaje es que unidos podemos trabajar y avanzar como nación. Solo los fanáticos ideológicos y partidarios pueden criticar una visión tan clara de país.

Los ciudadanos ya se dieron cuenta de que las ideologías no le solucionan sus problemas. Aún estamos a tiempo de rectificar, pero no es haciendo lo mismo que lo lograremos.

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  • voto cruzado
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