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La fe y la esperanza en el futuro tendrían que ser capaces de superar todas las adversidades

La experiencia reiteradamente vivida a lo largo de los tiempos, aquí y en todas partes, nos enseña con máxima elocuencia que es de las dificultades y de los quebrantos de donde surgen los brotes más potentes de la inspiración y del progreso. Eso es lo que tenemos que potenciar con más empeño y dedicación para entrar de lleno en los carriles del futuro.
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Si algo está royendo progresivamente la capacidad nacional de manejar el presente y de propiciar el futuro es el sentimiento cada vez más generalizado de que El Salvador es un espacio sin perspectivas auspiciosas, en el que lejos de abrirse nuevas oportunidades se van cerrando las que aún existen. Tal sentimiento está en la base de las percepciones generalizadas sobre el fenómeno real imperante; y aunque también hay signos de que nuestras energías nacionales no van en ruta de desaparecer pese a las grandes dificultades y obstáculos con que se topan a diario, la sensación que más se hace sentir en los diversos espacios del quehacer nacional es la que promueve el desaliento y difunde la frustración.

Si se hace un recorrido sincero y desapasionado por las distintas etapas de nuestra evolución reciente, y en particular la que avanza desde las antesalas de la guerra hasta el presente, se nos presentan muchos testimonios históricos en forma de imágenes aleccionadoras. En el medio siglo transcurrido desde que aparecieron las primeras señales inequívocas de que los desajustes profundos de las estructuras nacionales iban en camino directo hacia el choque armado definitivo, se ha venido produciendo una gran cantidad de experiencias tanto destructivas como constructivas que en ningún momento deberían ser consideradas a la ligera.

Al hacer el balance desprejuiciado de lo que van dejando dichas experiencias, se puede percibir con bastante nitidez que, si bien lo negativo es abundante y ha ganado siempre una notoriedad de gran relieve, lo positivo no sólo no puede ser dejado de lado sino que tiene un peso de alta significación en el desenvolvimiento de nuestra realidad. Y lo que más resalta en ese orden es el hecho de que el esquema básico de la democratización se ha mantenido intacto a lo largo de todo este tiempo, a pesar de la cantidad de trastornos que ha tenido que sufrir.

Subrayamos lo anterior porque lo peor que podría pasarnos es que nos sigamos hundiendo en el desaliento cuando lo que el país nos demanda, con todas sus fuerzas puestas en activo, es que nos movamos decididamente hacia las metas alcanzables, que son las que verdaderamente pueden darnos viabilidad. La experiencia reiteradamente vivida a lo largo de los tiempos, aquí y en todas partes, nos enseña con máxima elocuencia que es de las dificultades y de los quebrantos de donde surgen los brotes más potentes de la inspiración y del progreso. Eso es lo que tenemos que potenciar con más empeño y dedicación para entrar de lleno en los carriles del futuro.

Los salvadoreños, con reiteración inquebrantable, hemos luchado siempre por salir adelante, aunque los males y los flagelos hayan estado tan presentes en nuestra vida. Prueba de ello es la caudalosísima corriente migratoria de connacionales que salen en busca de mejor vida cuando aquí se cierran las posibilidades de alcanzarla, sin reparar en riesgos ni en sacrificios.

Hay que seguir teniendo fe en lo que somos y en lo que anhelamos, y mantener viva la esperanza en lo que podemos lograr con nuestra voluntad como estandarte. Ahí está la clave de todas las superaciones.

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