La figura paterna en el hogar

Los seres humanos somos producto del patrón con que nos forjaron.
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Metafóricamente, de plantaciones que de conformidad al terreno, abono y cuidados, prorrumpiremos como hermosos árboles frutales, de sombra, de pájaros; o contrariamente, podríamos quedar reducidos a un vil chirrión, molesto, feo, inoportuno y proclive de ser desarraigado al más leve viento. Para enfrentarse con la vida actual que cada día empeora, se necesitan hombres y mujeres de valor, “fuertes como el búfalo, sabios y prudentes como paloma, astutos como serpiente y con alas de águila para alcanzar las alturas de los grandes” (palabra de Dios).

Ese ideal parece venido del cielo; pero no es del todo así –aunque detrás siempre está Dios–, porque Él mismo nos ha dado las herramientas y capacidades para fabricar ese tipo de personas, lo cual es una obligación de todos los hombres y mujeres... Los hijos no piden venir al mundo... ellos están, digamos, “en el éter”, a la espera de bien nacer, no los obliguemos entonces; si no los merecemos no los traigamos porque ellos serían seres sufridos, problemáticos, carentes de cariño, de nombre, de pan, de todo.

Particularmente me permito señalar la ausencia de la figura paterna en muchos hogares salvadoreños en los cuales los niños y jóvenes crecen tristes, acomplejados, débiles, titubeantes ante muchos aspectos, sin la alegría de “se lo voy a decir a mi papá”.

El papa Francisco habló recientemente sobre lo pernicioso que es la ausencia paterna en la casa y sobre la tremenda sabiduría que se necesita para educar a los hijos con libertad. Y es que antaño prevaleció el autoritarismo patriarcal en los hogares, cuyos padres criaban y trataban a los hijos como sus siervos, sin respetar las exigencias de su crecimiento y sin ayudarlos a tomar su propio camino con libertad... “El problema de hoy día no es el autoritarismo sino la ausencia: padres demasiado ocupados en su trabajo, en sus aspiraciones individuales, olvidándose de la familia, dejando solos a los pequeños” (papa Francisco).

“Algunos papás ni juegan, ni platican ni hacen tareas con los hijos. No tienen ni el valor ni el amor de ‘perder’ su tiempo con ellos; no dan su ejemplo acompañado de principios, valores y reglas de vida que los hijos necesitan como el pan” (papa Francisco). Estos señores ignoran a veces qué puesto tienen en la familia ni cómo educar a sus hijos; se abstienen de su responsabilidad y se refugian en una improbable relación de igual a igual con sus hijos, olvidando que son padres y no un compañero del hijo.

Sin guías de qué fiarse, los niños y jóvenes pueden llenarse de ídolos que terminan robándoles el corazón, la ilusión, la esperanza, las auténticas riquezas. Se refugiarían en la computadora, la televisión, los juegos; comerían y se higienizarían mal; no conocerían el valor de ellos mismos ni el de Dios. Así irían creciendo sin guía, sin sabiduría aprendida, sin felicidad y probablemente vengan a ser como el chirrión aquel.

Un padre es una bendición... un padre bueno, un hombre bueno. Si por razones aceptables él no existe en el hogar, es la mujer, la madre, la que debe multiplicarse para asumir tan seria responsabilidad.

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