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La frustración ciudadana es el virus más peligroso para la salud de la democracia, y por eso no hay que dejar que tal frustración eche más raíces

Los distintos signos y señales que se van acumulando en la realidad cotidiana de los salvadoreños de esta hora hacen ver, cada vez con menos dudas al respecto, que hay en el ambiente un fermento creciente de frustración, que trae naturalmente consigo cóleras y sufrimientos de la más variada índole.
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La frustración ciudadana es el virus más peligroso para la salud de la democracia, y por eso no hay que dejar que tal frustración eche más raíces

La frustración ciudadana es el virus más peligroso para la salud de la democracia, y por eso no hay que dejar que tal frustración eche más raíces

La frustración ciudadana es el virus más peligroso para la salud de la democracia, y por eso no hay que dejar que tal frustración eche más raíces

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La desconfianza, el desencanto y la inseguridad se juntan para producir efectos erosionadores de todo tipo, que están a la vista por doquier en el ambiente. Si no se tiene confianza en el presente es casi imposible desplegar iniciativas de futuro. Si no hay aliento vivo en pro de la propia autorrealización, no puede haber energías disponibles para impulsar la creatividad personal y social. Y si no existe seguridad al alcance de todos no hay cómo aprovechar oportunidades disponibles ni cómo moverse con libertad por las rutas elegidas para alcanzar metas y coronar propósitos.

La ciudadanía salvadoreña viene estando expuesta a diversos quebrantos prácticamente desde siempre. Durante larguísimo tiempo fue invisibilizada por efecto de la abusiva imposición del poder. Cuando ese modelo llegó a su fin por haberse agotado sin escapatoria, la democracia empezó su andadura en el ambiente, con una larga lista de tareas correctivas e innovadoras por hacer. Al no haber emprendido a tiempo ese trabajo reconstructivo, los problemas se acumulan y se complican progresivamente, y eso impacta de manera directa sobre la población, sus aspiraciones, sus demandas y sus intereses. No es de extrañar que los ciudadanos estén tan saturados de ansiedades y sobrecargados de malos augurios, hasta el punto que muchos sólo piensen en escapar por la vía del exilio o por el atajo de la delincuencia.

No vamos a ignorar que en cualquier sociedad, aun en las más desarrolladas conforme a los cánones tradicionalmente establecidos, hay frustraciones ocultas o evidentes. Y el mejor ejemplo de ello está en lo ocurrido en fechas recentísimas en Estados Unidos, donde el resultado de las elecciones presidenciales fue alimentado por profundas insatisfacciones ciudadanas, algunas de ellas alimentadas por sentimientos y resentimientos atávicos. Pero aquí de lo que estamos hablando es de percepciones derivadas de la mala práctica institucional, que es la que más incide negativamente en la suerte del desenvolvimiento democrático. Y cuando eso se da como se está dando en el país con tanta insistencia hay que actuar en consecuencia, sin excusas ni pretextos.

Se necesita una nueva cultura política que incorpore la ética como componente primordial de todas las conductas institucionales. Y no una ética simplemente declarativa, sino efectivamente actuante en todos los actos de la gestión institucional, desde los que se dan en los más altos niveles hasta los que corresponden al quehacer más superficial. Y en este punto hay que insistir en el ingrediente moral que debe definir el comportamiento de todos los que se comprometen a desempeñar responsabilidades públicas. Por eso es tan determinante que las fuerzas políticas escojan a los mejores y a los más confiables para que asuman responsabilidades estatales.

En el caso de El Salvador, nuestras lecciones propias son perfectamente ejemplarizantes no sólo para nosotros y para nuestra subregión sino para mucho más allá. Hicimos una guerra que no fue un simulacro subversivo como en otras partes, y luego logramos construir una paz que no fue ficticia ni relativa sino sincera y permanente, aunque después se hayan presentado otros desafíos que nos tienen en ascuas a los salvadoreños de todas las procedencias y de todas las identidades. Es hora de valorar lo que hemos logrado para, a partir de ahí, decidirnos a otros logros.

Revivir la confianza y revitalizar el ánimo cuando se ha llegado a situaciones como la que se halla instalada en el país desde hace ya tanto tiempo es labor complicada y dificultosa, y por ello lo sensato y consecuente es emprender sin tardanza los esfuerzos decisivos para lograr que las percepciones ciudadanas se enrumben hacia las metas del progreso, tanto en lo personal como en lo nacional. Superar toda frustración debe convertirse en el objetivo prioritario.
 

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