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La frustración y el desaliento son los peores enemigos anímicos que nos acechan en estos atribulados tiempos

La democracia es la máxima oportunidad que los salvadoreños hemos tenido desde que somos nación con vida propia. Oportunidad de ser y de trascender sin otros límites que los que nos pongamos a nosotros mismos.
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La frustración y el desaliento son los peores enemigos anímicos que nos acechan en estos atribulados tiempos

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Y este no es fenómeno con localización puntual, sino más bien expresión generalizada en el estado de ánimo que se globaliza. Y sobran motivos para ello. Si recorremos lo que ahora mismo está ocurriendo en todas partes no es posible evitar una sensación perturbadora, que tampoco respeta fronteras. En otros tiempos se había llegado a creer, y de manera cada vez menos cuestionable, que el desatino era expresión de subdesarrollo, y por consiguiente los países que habían logrado la etiqueta de desarrollados parecían estar por encima de los comportamientos fuera de razón. Pues bien, lo que los hechos vienen evidenciado cada vez con más nitidez es que en cualquier parte pueden darse los mismos descontroles y desajustes. Y es que también en el trastorno de las conductas está vigente la globalización sin fronteras. Todo, hasta lo más inverosímil, puede pasar en cualquier parte, lo cual es revelador al máximo.

Basta asomarse al abigarrado panorama de los hechos actuales en el mundo para tener evidencia inmediata de que vivimos un momento histórico de la máxima volatilidad en todos los órdenes. La globalización, que es en síntesis un desdibujamiento expansivo de todas las fronteras tradicionales, algunas de las cuales parecían inviolables desde siempre, parece también haber alcanzado las fronteras de la razón, porque hoy lo irracional anda suelto por doquier, como Pedro por su casa. La realidad que se vive está marcada por lo imprevisible, con todos los efectos desestructuradores que eso acarrea.

La volatilidad constituye una de las más caudalosas fuentes de la inseguridad. No es casual, entonces, que se esté padeciendo una especie de plaga de inseguridad general, que tiene desde luego manifestaciones diversas según zonas y países, pero que casi en ninguna parte deja de hacerse sentir. Y al ser esto una constante sostenida en el tiempo contamina todos los ambientes de virus desestabilizadores, que llenan las atmósferas de sensaciones negativas y deprimentes. Y esto ha derivado, consecuencialmente, en un estado de ánimo global dominado por el miedo a lo que pueda venir y por la angustia de ser parte de un mundo imprevisIblemente abierto.

Fenómenos como la “brexit” que acaba de decidirse por voto popular en el Reino Unido tienen en el trasfondo este tipo de sentimientos. El rechazo beligerante a la inmigración, que está tan presente en la campaña presidencial estadounidense ahora mismo en sus etapas finales, también es expresión de tales reacciones. Y en nuestro caso, las sensaciones encontradas sobre cómo enfrentar el fenómeno criminal que domina el día a día del vivir colectivo son muestras vivas del traumático estado de ánimo que circula expansivamente. La bipolaridad que imperó en el mundo durante varias décadas hasta la implosión de la Unión Soviética en 1989 ahora podemos verla como una especie de escudo, artificioso pero escudo al fin, frente a las amenazas de una convivencia sin fronteras ni límites definidos, como la que ahora se tiene. Pero el reto no está en volver a ningún tipo de artificio presuntamente autoprotector, sino en aprender a vivir en comunidad humana abierta a todas las diferencias y a todos los contrastes.

En El Salvador, por el hecho de ser una sociedad que en razón de sus características está en constante presencia de sí misma, las negatividades de la realidad actúan aún con más intensidad desmotivadora. Ya se sabe que en cualquier sociedad, por tendencia propia de la naturaleza humana tal como ha venido configurándose y desfigurándose a lo largo del tiempo, lo negativo tiende a ganarle espacios anímicos a lo positivo, y al ser así hay que esforzarse con ánimos redoblados para que la negatividad no haga de las suyas impunemente.

Desde la institucionalidad es fundamental que se impulsen iniciativas que contribuyan a favorecer las percepciones alentadoras, y eso requiere hacer sentir que no sólo no todo está en crisis sino que hay motivos para tener esperanza fundada en lo que vendrá. ¿Y de dónde puede surgir esa esperanza? Del hecho de que los salvadoreños venimos de lo que parecía un resumidero histórico y hoy estamos en una azotea con horizonte. La democracia es la máxima oportunidad que los salvadoreños hemos tenido desde que somos nación con vida propia. Oportunidad de ser y de trascender sin otros límites que los que nos pongamos a nosotros mismos. Valorémoslo para seguir adelante.

Tags:

  • democracia
  • subdesarrollo
  • globalizacion
  • brexit

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