La generación perdida

Existe una generación que nació cerca de los años setenta y que apenas alcanzaba su mayoría de edad cuando se suscitó la intensidad del conflicto armado en la década de los ochenta.
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Hablaba recientemente con un profesional destacado que está por cumplir los cincuenta años y me comentó que, al alcanzar su mayoría de edad y su ciudadanía, él y sus amigos cercanos presenciaron más a un país envuelto en una guerra civil que otras generaciones.

Esa época se identifica con centenares de adultos jóvenes: miedosos, con temor acumulado, con una mayoría apática, con ausencia de héroe que no fuese un futbolista. Concluimos entonces que, con limitadas excepciones, los nacidos en esos años conforman algo parecido a la generación perdida.

Y es que el conflicto alteró la existencia, la calidad de vida y el porvenir de muchos salvadoreños. Habrá muchos lectores convencidos de que esas circunstancias sin duda afectaron a los ciudadanos de esa época. Pero también otros lectores estarán de acuerdo de con que han existido otras vicisitudes (muchas negativas) que afectaron al resto (de otras épocas) hasta conformar una inmensa mayoría ciudadana en el presente, frustrada, sin aspiraciones, inculta e improductiva.

Estas últimas características repercuten en el comportamiento apático de la inmensa mayoría que pareciera se ha apoltronado y apegado a un subdesarrollo secular y al infinito. El país con sus tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) envuelto en una vorágine de desacuerdos interminables y en una antesala partidista o preelectoral al infinito. Paralelamente, el país con sus problemas económicos (fiscales específicamente), educación promedio incipiente, inseguridad ciudadana, una incultura exagerada que se manifiesta diariamente en el conducir en una vorágine vehicular diaria y a toda hora mientras el sol brilla.

Veredictos, anulaciones de sentencias, reaperturas de casos judiciales, violaciones sexuales a doquier conforman gran parte de las noticias; accidentes mortales se observan al transitar por las carreteras o al hojear las primeras páginas de los periódicos. Reiterando, densidad vehicular diaria y a toda hora es el panorama que se le ofrece al turista y al ciudadano común y corriente que se dirige en su vehículo. Atentados terroristas en el exterior es una noticia que equivale a un postre importado de última hora.

Todavía recuerdo las palabras del amigo profesional académicamente superado: “Pertenezco a una generación perdida”. Pero al escribir estas líneas reflexiono que no será que todo el país es una porción de tierra convertida en nación, que pertenece a esa misma especie. Y es que el país ha sido sumamente dependiente de un producto, de un mercado, subdesarrollado social, económico, político y culturalmente hablando.

Sobre estos aspectos semanalmente se ha hablado bastante en este espacio. Me preocupa el aspecto cultural ancestral del país, el cual tiene su origen en el pasado lejano. Podría ser objeto de cambio con mucha voluntad integral, caracterizada por acuerdos básicos definitivos, una participación decidida e intensa del ciudadano y un remedo de tiranía, en búsqueda al unísono de un futuro decente.

Esa actitud es urgente puesto que empresarios y políticos viven el día a día atrapados en el pasado y sin proposición de futuro. “Nadie alumbra con sensatez”. Se reacciona con emoción y no con reflexión en una comunidad a la deriva. Los problemas más sencillos son la iliquidez e insolvencia presupuestaria, que menos niños y jóvenes estudien, el acoso sexual difundido. Lo relativamente complicado es la inseguridad ciudadana, en la que las maras son las que mandan en ciertos territorios y miembros de cuerpos de seguridad mueren asesinados en la zona oriental. Todo es relativo, subjetivo y puede ser diferido donde no ha habido “por décadas” visión de país.

*Decano Facultad de Maestrías UTEC y Colaborador de LPG
 

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