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La globalización es un escenario donde las oportunidades y los desatinos están a la orden del día

Hoy las crisis compartidas están a la orden del día, y las reacciones fuera de control se apoderan de todos, sin diferenciaciones por riqueza o por poder. Y una marea de proteccionismo autodefensivo va invadiéndolo todo.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Al disolverse de manera espontánea e inesperada la bipolaridad que venía imperando en el ámbito planetario desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se instaló en dicho escenario lo que hoy conocemos como globalización, es decir, el impulso generalizado hacia las aperturas menos imaginables. Este cambio de perspectiva está siendo revolucionario, en el más sano sentido del término, porque no es una artificiosa construcción ideológica, sino el producto de la evolución natural de los fenómenos colectivos en clave global. A estas alturas, casi 30 años después de que se derrumbara el Muro de Berlín, acontecimiento que estableció la frontera entre las dos épocas, tenemos ya una abundantísima evidencia de lo que se está desplegando en el mundo.

Basta echar una ojeada a la cotidianidad de las realidades actuales para constatar de manera patente, y en muchos sentidos lacerante, que las aperturas globalizadoras están provocando un clima de inseguridad en todas partes; y esto es aún más notorio en el llamado “mundo desarrollado”, que durante tanto tiempo pareció envuelto en un halo de superioridad que llegó a ser visto como irreversible. Hoy las crisis compartidas están a la orden del día, y las reacciones fuera de control se apoderan de todos, sin diferenciaciones por riqueza o por poder. Y una marea de proteccionismo autodefensivo va invadiéndolo todo. La pugna comercial entre Estados Unidos y China, las dos economías más fuertes del momento, es un ejemplo vivo de la tentación infantiloide que domina.

Pero lo anterior no quita que esta época por la que vamos avanzando entre sobresaltos y desconciertos siga siendo, por su propia naturaleza histórica, un abanico de oportunidades que con las peculiaridades de cada quien está disponible para todos. Y cuando decimos “todos” ponemos énfasis en que ya no hay círculos privilegiados que acaparen el poder con voluntad intocable, sino que el mapamundi es una especie de comunidad donde nadie queda fuera de antemano; y eso, que para los poderosos de siempre es un constante trago amargo, para los que siempre fuimos marginales representa una condición sin precedentes. No es de extrañar, entonces, que se esté dando un doble juego en todos los sentidos. Se trata entonces de procesar realidades con la seriedad y la responsabilidad debidas.

Cuando se da una situación tan insospechada y tan amenazante como la que prevalece en estos días por doquier, lo que se hace sentir con mayor evidencia es la inseguridad en sus más variadas expresiones. Nadie está seguro de nada, y eso se va convirtiendo en un vivero de ansiedades y de sospechas que se multiplican sin cesar. Frente a tal estado de cosas, la irracionalidad va ganando terreno y los peligros derivados de ella operan como factores de inestabilidad creciente. Lo vemos en todos los escenarios imaginables, sin que nadie atine a encontrar las fórmulas restauradoras del equilibrio anímico global.

Es urgente definir líneas políticas básicas tanto en lo global como en lo nacional para iniciar la ruta reordenadora que tanto se está necesitando. Líneas políticas básicas que no estén atadas a la política de turno sino que respondan a lo que requieren las circunstancias del presente para no encerrarse cada vez más en lo inmanejable. Si esto no se empieza a activar a la máxima brevedad posible lo que está a las puertas es la ingobernabilidad sin fronteras. Todos debemos tomar conciencia de este imperativo para que la globalización no caiga en sus propias trampas.

Un país como el nuestro, que inició su figuración internacional a la luz de un conflicto interno instalado en las últimas jornadas de la Guerra Fría, ahora tiene abierta la oportunidad de figurar expansivamente por la administración actualizada de sus insoslayables desafíos. Pero si se deja pasar el momento, cada día iremos perdiendo posibilidades no sólo de crecer y progresar sino también de limpiarnos de tantas lacras acumuladas.

Hay que recalcar un hecho que a estas alturas ya no es ocultable o disimulable: la globalización llegó para quedarse, porque son las distorsiones de los antiguos manejos del poder –aquí y en todas partes– las que están en crisis de raíz. Agradezcámosle a la evolución de los tiempos el que se haya llegado a este punto, desde el cual hay que dirigirse hacia el futuro.

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