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La globalización está poniendo a prueba muchas de las visiones y estructuras establecidas en el pasado

Desde 1989 se está viviendo en el mundo un fenómeno que pareció surgir de repente pero que de seguro venía poniendo sus bases en el terreno desde hacía mucho tiempo: la llamada globalización, que se hizo sentir en un principio como un acontecer puramente comercial, pero que pronto fue mostrando sus facultades expansivas en los más diversos ámbitos de la realidad.
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 Hoy, un poco más de un cuarto de siglo después, pareciera que todas las fuerzas internacionales están haciéndose cargo, porque no les queda otra cosa, de la presencia incuestionable de dicho fenómeno, que es la verdadera “revolución” de nuestro tiempo, que nadie puede dirigir ni nadie puede contrarrestar, aunque los intentos nunca falten.

El acontecer globalizador va abriendo fronteras y espacios que antes parecían controlados por poderes específicos. Justamente la diferencia más notoria de entrada entre la era de la bipolaridad y esta era de la globalización es que en aquel tiempo había “superpoderes” inocultadamente controladores y en este tiempo lo que vemos y vivimos es la fragmentación del poder, que está en constante ejercicio de reacomodos conforme a las realidades sucesivas. Esto genera infinidad de incertidumbres y ansiedades, que hacen que la atmósfera del presente parezca más volátil e imprevisible que en cualquier otro momento. Y una de las reacciones más visibles al respecto es la reacción autoprotectora, que tiende a ser casi siempre más visceral que racional.

En estos días, el caso de la “brexit” en el Reino Unido grafica este tipo de sentimientos. ¿Qué sentido proyectivo puede tener el desligarse de una alianza histórica que, con todas sus fallas y debildades, es uno de los productos más inspiradores de esta época, para volver al esfuerzo en solitario, por más beneficios autonómicos que se puedan esgrimir? Y lo más revelador es que el hecho británico reaviva impulsos semejantes en otros países. Aun en el ejercicio político se advierte la tendencia aludida, como puede observarse en la campaña presidencial estadounidense que está ya muy cerca de sus definiciones finales: la retórica del candidato Trump es eminentemente aislacionista, con componentes racistas que parecían cosa del pasado.

Las líneas históricas tienen su hora, tanto de surgimiento como de auge y de declive. Y esto se ve en todo, sin excepción. Para el caso, el socialismo marxista-leninista cayó por su propia cuenta, en razón de sus inconsistencias básicas insuperables, y los que han querido reanimar tal enfoque están hoy padeciendo las consecuencias; en cuanto al capitalismo al viejo estilo liberal a ultranza tampoco es ya sostenible, y sólo la humanización del mismo le puede dar alientos de futuro. Lo que queda claro es que la evolución es un proceso que se mueve de manera indetenible, y que lo inteligente es sumarse a su dinámica en plan de acompañamiento creativo.

En nuestro caso nacional, tendríamos que haber aceptado ya, sin excepciones ni reservas, que la gran tarea por seguir, sin excusas ni pretextos válidos, es el perfeccionamiento progresivo de la democratización. En vez de estar queriendo hacer actos circenses o equilibrismos callejeros, lo que hay que potenciar es la racionalidad puesta en sintonía con la realidad. Es hora más que sobrada de reconocer que aunque los enfoques de derecha y de izquierda son cosa natural dentro del pluralismo social y político, tales diferenciaciones no pueden valer como esquemas divisivos del fenómeno real. Los problemas no tienen ideología, y querer que la tengan es hacer que ésta se vuelva el principal problema.

Los salvadoreños venimos de pasar pruebas verdaderamente desafiantes a lo largo del tiempo, y de todas ellas –con más o menos quebrantos— venimos saliendo airosos. Pero nunca hemos sido previsores, y por eso estamos como estamos. Hay que asumir los tiempos y sus lógicas, y sacar de ellos todo el beneficio posible.

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