La gobernabilidad es requisito básico tanto de la estabilidad como del desarrollo

Desde luego, la gobernabilidad bien entendida necesita instrumentos eficaces; y el primero de ellos es la negociación en serio. Negociar en serio significa que la negociación se use como método estratégico, no como maniobra táctica.
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La gobernabilidad es requisito básico tanto de la estabilidad como del desarrollo

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Aunque cuando se habla de gobernabilidad lo que generalmente impera es un juego de vaguedades en torno al concepto mismo, en contraste hay una certeza que en todo caso se va imponiendo por sí misma, y esa certeza puede resumirse en una frase: “Se necesita que el Gobierno, en sus diversas manifestaciones orgánicas, responda de manera eficaz, confiable y consistente a sus responsabilidades propias”. Dichas responsabilidades no se reducen a lo que establece la ley como tareas gubernamentales específicas, sino que están configuradas en torno a lo que es el sentido y el fin de la organización del Estado, que es el servicio prioritario al bien común.

Hay que distinguir con la mayor precisión posible lo que es gobernabilidad en serio de lo que es manejabilidad circunstancial. Y aquí hay que tomar claramente en cuenta que una cosa es el Gobierno como institución permanente y otra distinta los Gobiernos sucesivos como expresiones de corta vida en el tiempo. La temporalidad política es un factor de elevadísimo influjo en lo que se realiza gubernativamente en el día a día; y más cuando se pone en juego el hecho de que llegar o permanecer en el gobierno requiere de la voluntad ciudadana, lo que hace que ganar dicha voluntad o mantenerla se convierta políticamente en el desafío más apremiante para los actores en juego, estén en el gobierno o en la oposición.

Aunque formar mayorías legislativas con la suma de diputados de distintas bancadas es legítimo como norma general, lo que en nuestro país venimos viendo ya en forma tradicional es la configuración de “alianzas” que responden a intereses de grupos y aun de personas, con el propósito de hacer valer el propio poder a toda costa. Esto se hacía durante la larga serie de los gobiernos controlados por la derecha y se continúa haciendo en esta etapa de los gobiernos de izquierda. Desde luego, los intereses imperan, pero también tiene incidencia directa una distorsión convertida en costumbre y asumida como verdad existencial en el ambiente: el creer que atrincherarse da fuerza. Es por esto último que la negociación se mira como una especie de trampa debilitadora, aunque los discursos quieran revelar lo contrario.

Desde luego, la gobernabilidad bien entendida necesita instrumentos eficaces; y el primero de ellos es la negociación en serio. Negociar en serio significa que la negociación se use como método estratégico, no como maniobra táctica. Y hacerlo así requiere madurez suficiente en todos aquéllos que están envueltos en el propósito. La negociación es un arte en el que intervienen varias habilidades que tienen un solo fondo: el reconocimiento de que no hay verdades encapsuladas ni realidades incomunicadas. Eso, desde luego, es incompatible con los idearios excluyentes y con las posiciones inexpugnables. Y ello explica por qué no puede haber auténtica gobernabilidad cuando dominan los extremismos, cualquiera que sea el signo ideológico.

En nuestro país se ha venido haciendo cada vez más patente que hay un déficit de gobernabilidad que mantiene en condición vulnerable toda la estructura del proceso nacional. En tales condiciones, puede haber progresos parciales pero falta el andamiaje dinámico que le dé sostén al progreso que se necesita. Esto determina, entre otros efectos adversos, que no se haya podido definir un rumbo de país que responda en forma integral a lo que necesitamos y a lo que aspiramos los salvadoreños en conjunto.

Hemos tenido manejabilidad, pero no gobernabilidad. La manejabilidad es circunstancial; la gobernabilidad es sistemática. La manejabilidad va de la mano con la improvisación; la gobernabilidad tiene vínculo directo con la planificación. Es hora más que sobrada de que en nuestro país se activen los ejercicios de una auténtica gobernabilidad, que sólo podrá alcanzarse y afianzarse cuando los actores nacionales más determinantes reconozcan su responsabilidad insoslayable en la concreción de dicho empeño, que es a la vez estructural e histórico.

La administración de la realidad no puede hacerse sobre la base de impulsos del momento, porque la realidad es un hilo que se va desmadejando bajo la forma de una sucesión sin fin de causas y efectos. Todo va engarzado en el tiempo, y eso demanda una atención que tenga sentido progresivo. Nuestra problemática se presentaría de manera muy diferente si se dieran los tratamientos adecuados, a partir de las metodologías pertinentes. Sobre esto hay que hacer mucha conciencia en el ambiente, para no seguir en el juego de incertidumbres y de desvaríos que nos tiene en situación tan calamitosa.

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