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La grasa y el corazón (2/2)

<p>He recibido bastantes correos a propósito de este tema. El tono de esas comunicaciones confirma la importancia que el asunto tiene en la vida cotidiana. Es notorio que sobre todo las madres de familia están muy enteradas del problema y que enfocan su preocupación sobre la publicidad engañosa y las responsabilidades de la Defensoría del Consumidor, entidad a la que le exigen más rigor. También me solicitan algunas explicaciones.</p>
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La grasa y el corazón (2/2)

La grasa y el corazón (2/2)

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<p>Según lo que he leído, los centroamericanos cocinábamos nuestros alimentos con aceites de origen animal, lo que constituía un serio problema para la salud, pues esos aceites contienen un exceso de ácidos grasos saturados, mismos que, al aumentar los niveles de colesterol en la sangre, abren el paso al riesgo de sufrir enfermedades cardio y cerebro vasculares. Fue hasta mediados de los años treinta del siglo pasado cuando comenzaron a fabricarse industrialmente en la región aceites de origen vegetal, básicamente de girasol y soya.</p><p>Una primera diferencia elemental es que, a temperatura ambiente, las grasas saturadas se mantienen en estado sólido, en tanto que el aceite de origen vegetal debería tener consistencia ligera, color claro, estar libre de colesterol y contener omega 3 y 6. Sin embargo, el problema es que en algunos aceites, al ser sometidos a un proceso industrial de hidrogenación, se produce una transformación: sus ácidos grasos insaturados se convierten en grasas saturadas y sólidas a temperatura ambiente.</p><p>De este modo, el aceite que ha sido presentado por la publicidad como un producto saludable en realidad ha perdido sus cualidades benéficas. El otro problema es que también algunos aceites, no obstante su origen vegetal, contienen una alta proporción de ácidos grasos saturados. Esto último sucede con los aceites de coco y palma. En todo caso, a fin de no incurrir en error, es preciso tomar en cuenta si en las etiquetas nutricionales de esos productos se incluyen términos como “grasas vegetales hidrogenadas”, “grasas saturadas” o “grasas de origen animal”.</p><p>En suma, no basta con que en una etiqueta nutricional se nos diga que se trata de un aceite de origen vegetal para que creamos que se trata de un producto saludable. Los aceites vegetales efectivamente saludables son los extraídos de la oliva, el girasol o el maíz. Aquí es donde entra en juego el concepto “Natural Blend” (mezcla natural), al que aludimos en nuestra columna anterior, en el caso de la multa millonaria, y la prohibición de comercializar su producto, impuesta en Costa Rica, por usar publicidad engañosa, a una empresa de aceite comestible.</p><p>El punto, decíamos, es que en la etiqueta se incluye la imagen de una mazorca de maíz. Pero “el producto no contiene aceite de maíz del todo, sino que es en su mayoría aceite de palma (…) el término ‘Natural Blend’ sugiere que dicho aceite es 100% puro, cuando no es cierto”. De este tipo de trampas publicitarias es de lo que tenemos que cuidarnos</p><p>En cuanto a la responsabilidad de la Defensoría del Consumidor, he sido informado extraoficialmente de que, en efecto, ha recibido algunas demandas para que actúe en el mismo sentido que lo hicieron las autoridades costarricenses respecto a algunos aceites comestibles que se comercializan en nuestro país. Pero no tengo esa información en detalle. Lo que sí puedo hacer, y lo haré sin duda, como me lo han pedido algunos lectores, es seguir indagando sobre este tema. </p><p>Cuando mi amigo Germán Dehesa presentó con matiz humorístico el tema de la grasa y el corazón, no lo hizo porque considerara irrelevante el problema, sino porque creía que el humor era una de las más efectivas técnicas de denuncia. Efectivamente, el problema es muy grave. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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