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La hija del preso

Lo capturaron el 10 de junio de 1947, lo torturaron para que se hiciera cargo de que había matado a un hombre por una mujer, quien realmente había muerto en un combate revolucionario.

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Ana María Herrarte - Consultora

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El 28 de octubre de 1948 lo condenaron injustamente a 25 años de cárcel. “Regresé al penal ya condenado, con un inmenso dolor en el alma y con el deseo intenso de que Dios me enviara la muerte. Pero sucedió que mi padre me llevó un libro, Hacia las Cumbres, que aconsejaba que se debe sacar el mayor provecho del lugar donde se estuviera.

Allí encontré el consuelo que necesitaba y me dediqué a aprender todo lo que pudiera; en manualidades aprendí algo de carpintería, de sastrería y de zapatería, al grado que monté una pequeña zapatería”. Aprendió también a tocar batería y concertina. Organizó un grupo artístico de teatro. Jugaba basquetbol y futbol. Creó un periódico mensual de 8 páginas al que llamó Redención.

En 1953 una mujer tomó la valiente decisión de casarse con un hombre que pasaría los próximos 20 años en la cárcel, ilustrando con su ejemplo que el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Tuvieron tres hijas: a una, la mayor, la llamaron Irma; a la más pequeña, quien murió antes de cumplir dos años, Rina; y a la de en medio, Ana María, esa soy yo.

Visitábamos todos los días a mi papá en la cárcel de Santa Ana, éramos la mujer del preso y las hijas del preso. Pero la vida nos tenía una sorpresa, existía una persona que sabía quién había matado a aquel hombre, era un abogado y con una carta autenticada por él mismo relató la forma de la muerte, muy diferente a como aparecía en el injusto proceso que le instruyeron.

Fue así como el 22 de noviembre de 1960, después de haber estado 14 años preso, Carlos Edmundo Herrarte recupera su libertad. Pocos días después, con unos cuantos colones en la bolsa tuvo la osadía de traer a su esposa y sus dos hijas de 6 y 5 años a la capital, iniciando una historia de mucho trabajo y sacrificio para sacarnos adelante.

Debo confesar, que pasé muchos años de mi vida tratando de ocultar ese triste pasado de haber nacido con el estigma de ser la hija de un preso, porque me avergonzaba. Sin embargo, esto no afectó nunca mis deseos de superación, de desarrollo profesional, de enfrentar el futuro con determinación y optimismo.

A principios de 2000 decidí entrar en un estado de gratitud permanente y muchas cosas cambiaron en mí, una de ellas mi actitud hacia el pasado. Mi papá había escrito un material para un libro sobre su historia en la cárcel, que yo nunca había querido leer. Lo leí con la tristeza del recuerdo, pero con la felicidad del presente y pensé que esa historia había que compartirla. El 8 de diciembre de 2015 en su cumpleaños 92, le entregué a mi papá su libro: Desde la Cárcel hacia las Cumbres. Murió a los 94 años.

Ahora que me he “re inventado” para iniciar una nueva etapa profesional en mi vida, con el gran propósito de ser feliz compartiendo mis conocimientos y experiencias para inspirar a otros, presento este testimonio con mucha satisfacción. ¡Lo lograste, papá!

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