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La hipocresía a debate

La semana pasada el fiscal general dijo, indignado ante unas fosas clandestinas, que la tregua entre pandillas era hipócrita.
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El presidente de la República le contestó diciendo que no era hipócrita porque había contribuido a salvar vidas. En ambas afirmaciones hay parte de verdad. Tiene razón el fiscal cuando dice que la tregua debe realizarse con la población y debe beneficiar a la gente, todavía duramente oprimida por amenazas y extorsiones. Y tiene razón el presidente al afirmar que la disminución de homicidios es un bien para el país, aunque no podamos detenernos ahí.

Hipocresía se deriva de una palabra griega que significaba actuar en una obra de teatro. De ahí pasó a tener el significado castellano actual de farsa, ficción, fingimiento de valores contrarios a los que se tienen realmente. Desde el punto de vista cristiano, la hipocresía consiste en considerarse superiores a los demás. Las palabras de Jesús contra los hipócritas son probablemente las más duras de los evangelios: “Raza de víboras (…), sepulcros blanqueados (…), las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino” son algunas de las exclamaciones del Maestro ante la hipocresía. En el fondo se critica a aquellos que sintiéndose perfectos o superiores a los demás se despreocupan por el pobre, el afligido y son incapaces de misericordia. Hacen las cosas para ser vistos y no porque el espíritu de solidaridad habita en ellos.

¿Hay control posible de la hipocresía? La hay cuando reconocemos que no somos superiores a nadie, sino simples seres humanos llamados a la fraternidad, el diálogo y la empatía. Y se controla socialmente cuando nos apegamos a la realidad, decimos la verdad sobre la misma y comenzamos ese camino, a veces difícil y exigente, de generosidad, de cambio de estructuras sociales y económicas injustas, de respeto real a la dignidad igual de las personas, construyendo una sociedad en la que todos tengan opción a las mismas oportunidades. Se requiere para ello constancia y dedicación. Aceptación de procesos, y solidaridad en la planificación del futuro. Y en ese sentido tiene razón el fiscal cuando exige a las pandillas dar un paso hacia la tregua con nuestra gente, y tiene razón el presidente cuando dice que se ha dado un paso. El encuentro entre ambas afirmaciones se dará en el proceso. Un proceso de pacificación y reinserción que debe promoverse y crecer sistemáticamente, con evaluaciones periódicas, con pasos continuos. En la Edad Media europea se creó la “tregua de Dios”, que, entre otros compromisos en defensa del pobre, impedía guerrear sábados y domingos. Quedarse en eso no hubiera sido justo. Abandonar la tregua porque no era perfecta no hubiera sido moral. Avanzar hacia el pleno respeto de los derechos de las personas es el único camino válido.

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