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La hora de la verdad vendrá cuando las promesas de campaña tengan que convertirse en hechos

Lo que las circunstancias demandan y lo que la sociedad exige es que la política deje de ser una especie de juego de mesa, en el que los más hábiles para mover sus propias cartas quieran asegurar su delantera sin más consideraciones que el propio interés.

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Todas las campañas electorales, y más todavía cuando la competencia adquiere dimensiones de especial dramatismo, como está ocurriendo en los momentos actuales en nuestro país, el flujo de las promesas electorales se intensifica al máximo, hasta ser una corriente que crece cada día de modo torrencial, porque las ansias de convencimiento van desplazándose con impulsos expansivos por todos los ámbitos comunitarios del país.

Como se sabe por experiencia largamente acumulada, las campañas políticas, y sobre todo aquellas en las que se juega el ejercicio del poder en los más altos niveles, se vuelven regueros de ofrecimientos de toda naturaleza y dimensión, que comúnmente no van acompañados de planteamientos de ejecución que los hagan sustentables y verificables.

En el pasado, las campañas electorales, y muy en particular las que se referían al nivel presidencial, eran más bien promociones mecánicas, que se enfocaban en mítines de plaza, repartos de obsequios de ocasión para los potenciales votantes y despliegues publicitarios en los medios de comunicación; pero de un tiempo a esta parte la creciente participación ciudadana en el análisis de la problemática nacional y en el consiguiente enjuiciamiento de las conductas partidarias y gubernamentales hace que tanto los contenidos como las formas de las campañas vayan cambiando de perspectiva y de significado, pese a que se mantengan las resistencias a que tales cambios tomen carta de ciudadanía. A las distintas fuerzas políticas les está costando asimilar estos giros cada vez menos evitables, lo cual multiplica las ansiedades que hoy se viven al respecto.

Por tradición largamente arraigada, nuestro ejercicio político ha sido inconexo y muy poco realista, y no se requieren análisis sofisticados para reconocer los efectos depredadores de tal actitud. Los que aspiran a posiciones importantes de poder tienen que hacer ante la ciudadanía eficaz labor de convencimiento no sólo sobre las respectivas capacidades para ejercer la función pública en juego, que en este caso es la Presidencia de la República, sino también, y muy relevantemente, sobre el compromiso de generar eficiencia, garantizar probidad y producir certidumbre.

Lo que las circunstancias demandan y lo que la sociedad exige es que la política deje de ser una especie de juego de mesa, en el que los más hábiles para mover sus propias cartas quieran asegurar su delantera sin más consideraciones que el propio interés. Se trata, en verdad de una tarea de servicio, y así debe ser asumida y ejercida, sin reservas de ninguna índole. Ahora habrá que cumplir, para que la confianza ciudadana no vaya a colapsar del todo, con los efectos catastróficos que ello traería consigo.

La nueva actitud de la ciudadanía ya no admite que después de la campaña impere aquello de "si te vi, no me acuerdo", en lo que toca a la relación entre los gobernantes y la ciudadanía. Hoy los ciudadanos están mucho más atentos al seguimiento de la representación, y el que no se ajuste a ello tendrá que pagar facturas políticas cada vez más cargadas.

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