La imputabilidad de la justicia

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La justicia es imputable, pues ante una violación de la ley busca un imputado para juzgarlo. Este principio lo encontramos en la Biblia, en Proverbios: “El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová” (Pr. 17:15). También la Biblia expone que por medio del arrepentimiento, el Señor justifica al transgresor y lo declara justo. ¿Existe contradicción en esto? ¿Cómo se realiza?

Al justificar al transgresor, el Señor no decide pasar por alto sus transgresiones como si se tratara de una amnistía. Cuando se aplica una amnistía se hace pasar por alto un mal proceder, y por decreto se renuncia a la aplicación de la justicia. De ahí que amnistía significa “olvido”. Si Dios hiciera esto, estaría en contra de un principio de justicia establecido por Él mismo, y de hacerlo así dejaría de ser justo, y al dejar de ser justo dejaría de ser Dios.

Lo que Él hace es imputar a Cristo las transgresiones del transgresor. En otras palabras, en la cruz Cristo asumió una deuda ajena, como si Él mismo hubiera transgredido la Ley. Entonces, la justicia de Cristo le es transferida al transgresor arrepentido. Pablo lo confirma: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Cor. 5:21).

Una de las ilustraciones más hermosas de imputación la encontramos en la carta de Pablo a Filemón. Onésimo, esclavo que había robado y escapado de su amo Filemón, se encuentra con Pablo en Roma. Onésimo se convierte y Pablo lo envía de vuelta a su amo con una carta pidiendo que lo reciba de nuevo, pero ya no como un esclavo, sino como un hermano en Cristo. Pablo escribe a Filemón diciendo: “Y si en algo te dañó, o te debe algo, ponlo a mi cuenta” (Fil. 1:18). Pablo pide a Filemón que la deuda de Onésimo se la impute a él, esto es lo que hace el Señor con el transgresor arrepentido.

Ser justificado o declarado libre de culpa libera el alma, David lo experimentó y expresó: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el varón a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal. 32.1-2).

En nuestra sociedad, alguien que comete un delito, cumple una condena, y luego es liberado, será siempre considerado un transgresor absuelto. No es así en el caso de la justificación que el Señor ofrece. Cuando Él justifica, ya no ve al transgresor como tal, sino como una persona justa que ha cumplido su Ley. Y no solo lo absuelve, sino que lo adopta como hijo con todos los derechos que eso implica. Tal como expresa Juan: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1.12-13).

Por tanto, no se trata de una declaración de amnistía o de olvido lo que el Señor hace, ni mucho menos rebajar las demandas de Su Ley. Más bien, sin violar su propia Ley, en un acto de amor y de forma gratuita, decide recibir Él mismo el castigo, justificando así al transgresor y ofreciéndole una posición de hijo (Rom. 3:24-27).

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