La incertidumbre continúa siendo un factor que traba el desarrollo del país a cada paso

Esto deriva, básicamente, de nunca haber contado con un proyecto de país que trace las líneas orientadoras de nuestra evolución en el tiempo.
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Si hacemos un análisis desapasionado de lo que ha sido el devenir nacional sobre todo en las décadas que abarcan la preguerra, la guerra y lo que va transcurrido de la posguerra, lo que resulta es un saldo muy inquietante de fallas, vacíos, errores y vicios en el comportamiento de la sociedad en general, y muy en particular de los liderazgos políticos, económicos y sociales. Esto deriva, básicamente, de nunca haber contado con un proyecto de país que trace las líneas orientadoras de nuestra evolución en el tiempo; y si eso fue siempre un gran impedimento para funcionar de veras como conglomerado nacional, lo es mucho más ahora, cuando la democracia nos exige ajustarnos a la coherencia y a la planificación permanentes.

Los salvadoreños venimos siendo afectados tradicionalmente por la falta de cultura planificadora y por la tendencia a la improvisación indisciplinada. Esto se ha convertido en una especie de segunda naturaleza que va dejando piezas inconclusas en el camino, con el consecuente desperdicio de oportunidades y la repetitiva malversación de experiencias beneficiosas. Planificar implica ordenarse, y para ello se requiere método de trabajo que asegure la predictibilidad básica. Sin que todos estos elementos estén presentes no es ni siquiera imaginable una hoja de ruta que permita visualizar metas conseguibles.

La incertidumbre ha sido una constante en el proceso nacional a lo largo del tiempo, y por consiguiente va asumiendo las modalidades que la cambiante realidad trae consigo. Antes de la guerra, cuando imperaban los regímenes formalmente autoritarios, lo incierto era cuánto podría aguantar dicho esquema de vida política, con las consecuencias imprevisibles del caso. Al inicio justo de los años ochenta del pasado siglo surgieron dos fenómenos paralelos: la democratización y la guerra; y la guerra tomó la batuta de la incertidumbre, pues no se sabía quién sería el triunfador militar y lo que eso podía significar en concreto. Afortunadamente, tal incertidumbre se disolvió cuando llegó la solución negociada del conflicto, y la democratización pudo seguir su marcha en un escenario mucho más abierto y propicio. En los primeros tiempos de la posguerra la incertidumbre principal era política, porque era un enigma lo que podría pasar si la izquierda asumía la conducción política del país. Eso ocurrió, sobre todo en 2014; y aunque la incertidumbre política no ha desaparecido porque el rumbo de país sigue siendo incierto, es cada vez más claro que quien esté en el poder debe al final de cuentas ajustarse a la realidad, que como tal no tiene tintes ideológicos.

Hoy, la principal incertidumbre la provoca el no contar con un rumbo definido ni tener una estrategia de nación que nos habilite para enfrentar en primer lugar los dos desafíos más acuciantes: la inseguridad y la falta de un apropiado crecimiento económico. Se trata, pues, de una incertidumbre que tiene base estructural, y que en esa perspectiva tendría que ser considerada y superada. De lo que todos deberían estar claros –independientemente de las posiciones y líneas de pensamiento de cada quien– es del imperativo de resolver de una vez por todas la crónica incidencia de la incertidumbre en todos los aspectos de la vida nacional.

El país necesita claridad de objetivos, consenso de estrategias y armonía básica para trabajar por el desarrollo y por el progreso. Esto sólo puede alcanzarse si hay concurso de voluntades. De la confrontación constante y de la desconfianza obsesiva nadie puede sacar nada bueno.

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