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La inseguridad en las comunidades hace que los pobladores tiendan a organizarse para combatirla y eso genera debate

Lo correcto y más controlable sería que hubiera un despliegue de la autoridad en el terreno que fuera capaz de ejercer control creciente e irreversible sobre todos los actos contrarios a la ley, de cualquier índole que fueren e independientemente de quiénes los realicen, y a partir de ahí organizar el apoyo ciudadano bajo la dependencia directa de los entes institucionales que corresponden.
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Si algo se ha vuelto una plaga de cada vez más difícil control es el accionar expansivo del crimen organizado, y muy especialmente las pandillas, en muchísimas comunidades del país. A diario están apareciendo informaciones sobre hechos criminales que implican casi siempre la muerte de las víctimas, y en los espacios comunitarios lo que se vive al respecto es una alarma constante, reflejada en la zozobra de los habitantes al tener que darles cumplimiento a sus labores y a sus obligaciones cotidianas. Es vivir a cada instante con el alma en un hilo, sin saber qué puede pasar en el instante siguiente. Y pese a que, en el caso de los homicidios, se contabilizan disminuciones estadísticas bastante significativas, la sensación de inseguridad se mantiene angustiosamente viva, con todo lo que ello implica para las personas y para sus grupos familiares.

Como esta es una situación que viene acarreándose desde hace mucho tiempo, es natural que la gente busque mecanismos de autodefensa, ya que la defensa institucional sigue siendo escasa en comparación con los retos que tiene encima. Así han venido apareciendo las autodefensas ciudadanas en las comunidades, que ya no son un fenómeno solapado sino que se manifiestan cada vez más a la luz por la fuerza misma de los hechos. Ante esta realidad, las opiniones también proliferan y se manifiestan, aun en los círculos institucionales, porque desde luego es una temática muy delicada y que tiene muchas aristas que en ningún caso habría que dejar de lado.

El punto más espinoso es el que se refiere a autorizar que los civiles creen grupos armados para la autodefensa comunitaria. Y aquí hay que enfocar y analizar varios aspectos relevantes; y de seguro el que estructuralmente más incide en las inquietudes que están en juego es el hecho de que cuando hay grupos armados ciudadanos que son autorizados desde la institucionalidad, independientemente de los argumentos que le den pie a la respectiva autorización, luego es muy fácil perder el control sobre los mismos, lo cual abre la posibilidad de que se den arbitrariedades y abusos que vengan a empeorar más las cosas.

Lo correcto y más controlable sería que hubiera un despliegue de la autoridad en el terreno que fuera capaz de ejercer control creciente e irreversible sobre todos los actos contrarios a la ley, de cualquier índole que fueren e independientemente de quiénes los realicen, y a partir de ahí organizar el apoyo ciudadano bajo la dependencia directa de los entes institucionales que corresponden. Si esto no se hace en esa forma, los impulsos de autodefenderse en la forma que sea irán creciendo hasta hacerse imparables, como ha ocurrido tantas veces en nuestro país cuando no se toman a tiempo las providencias apropiadas.

No hay que dejar que el desborde de los hechos reales ponga las cosas en el límite, porque cuando eso se da la incontrolabilidad hace inevitablemente de las suyas. En este tema tan crucial hay que avanzar uniendo voluntades y esfuerzos de todos los sectores; y por eso resulta incomprensible que las autoridades gubernamentales se resistan a recibir aportes enriquecedores, como es la propuesta Giuliani.
 

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  • inseguridad
  • comunidades
  • ciudadania
  • autodefensas

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