La institucionalidad pública debe darle el buen ejemplo a la ciudadanía

Gran parte de los problemas que viene viviendo el país de manera persistente derivan de las malas prácticas institucionales que han sido ya sistémicas a lo largo del tiempo.
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Lo que sí ha cambiado al respecto es la notoriedad de dichas prácticas: en el largo pasado, todo estaba organizado para encubrirlas y darlas por inexistentes; y en los tiempos más próximos lo que se hace sentir cada vez más es el señalamiento de lo que se hace mal o con intenciones perversas y el reclamo por un comportamiento ajustado a la corrección debida. En otras palabras, es el silencio encubridor el que va quedando al descubierto, como buena señal de evolución.

Esto está directamente vinculado con temas básicos y críticos como la efectividad, la probidad, la credibilidad y la viabilidad. Cuando hablamos de efectividad nos estamos refiriendo al adecuado manejo de las oportunidades y al eficiente aprovechamiento de las posibilidades. Esto implica analizar a fondo la realidad, planificar en serio los tratamientos pertinentes de la misma y visualizar en serio las soluciones que correspondan. La institucionalidad pública debe, pues, comportarse al respecto como un gestor responsable, que no deja nada a la buena de Dios, sino que asume su función de manera cuidadosa y vigilante.

La probidad ha sido uno de los valores que han entrado en deterioro progresivo en las décadas recientes. Esto es curioso y muy digno de atención: por todos los datos disponibles, la corrupción en el manejo de los recursos públicos se ha incrementado sensiblemente en la etapa de la democratización. Esto parte, sin duda, de la crisis general de valores que se vive en el ambiente, pero también deriva del ansia de riqueza personal a toda costa que impera en la sociedad consumista de nuestro tiempo. Se tendría que conocer a fondo no sólo la hoja de vida sino también el perfil psicológico de los que llegan a las posiciones de poder, para ejercer los controles del caso.

Cuando nos referimos a la credibilidad subrayamos de entrada la importancia vital que tiene dicho componente anímico en el desenvolvimiento general de la realidad. Si el sistema no es confiable, si la institucionalidad no es creíble, si el destino social no es previsible, ¿cómo se podría esperar que haya desarrollo en razón de presente y en función de futuro? La credibilidad es un estado de ánimo, y, por consiguiente, necesita estímulos convincentes que tengan la suficiente duración para hacerse sentir en el tiempo. En nuestro ambiente lo que ahora domina es la desconfianza, y eso crea incertidumbre y promueve desconcierto. Superar todo esto es imperativo sin alternativas.

Constantemente, y con diversos términos y variadas entonaciones, se deja oír la pregunta del millón: ¿Es realmente viable nuestra democratización, dadas todas las contradicciones e insuficiencias que circulan en el día a día? Tal pregunta tendría que hacérsela cada ciudadano, y respondérsela de la forma que le sea posible. Y, desde luego, a la institucionalidad le toca no sólo formulársela y darle respuesta sino tomarla como bandera de compromiso insoslayable e irrenunciable. La conclusión no puede ser otra: estamos todos en el deber histórico de viabilizar a diario nuestra democracia. ¿Cómo? Preservándola, fertilizándola, cultivándola.

Cualquier pudiera decir que todo lo anterior son indicaciones más teóricas que prácticas, pero tal aseveración se viene utilizando como excusa para no partir de donde hay que hacerlo: de las ideas que son combustible de las acciones. Si queremos superar el mecanicismo dispersor que tanto nos ha hecho perder, en tiempo y en eficacia, hay que comenzar por tener claros los principios y los valores en los que se deben sustentar todas las iniciativas y todos los proyectos activables. No podemos seguir braceando en lo seco y lanzando tiros al aire. Es hora de asumir al país como un sujeto con vida y con destino propios.

Y en consecuencia es hora de que el sujeto institucional comience a comportarse como se lo demanda su naturaleza: como un buen padre de familia, que educa y provee con todas las responsabilidades habilitantes que ambas funciones acarrean. Eso sí sería hacer Patria.

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