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La intolerancia se ha vuelto en el país un mal social en auge

Es preciso emprender una especie de campaña de reeducación nacional al respecto, y los primeros en reeducarse tendrían que ser los liderazgos nacionales.
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Con alarmante frecuencia vemos aparecer en la escena nacional casos de intolerancia que traspasan las fronteras de la ley en distintas formas. Uno de los más recientes es el de una señora que fue brutalmente atropellada hasta la muerte por un conductor de autobús que reaccionó de manera violenta al reclamo firme pero pacífico de quien acababa de sufrir, por obra del mismo conductor, un choque contra su vehículo. Este caso se suma a muchos otros en los que la cólera descontrolada desata consecuencias fatales. El habitante de una colonia que asesina al vecino que presuntamente invade el parqueo que considera propio. El agente de seguridad privada que balacea a un taxista en lugar público por una discusión baladí. Y así por el estilo.

Aunque no todas las situaciones desemboquen en violencia extrema e irreparable, es de hacerse notar que de manera recurrente las reacciones cotidianas están cargadas de intolerancia y de cólera. Esto no es un dato que se pueda dejar pasar en forma inadvertida, como si se tratara de situaciones casuales o anecdóticas. Lo que se demuestra con estas formas de conducta es que nuestra sociedad está requiriendo tratamientos que no sean sólo de corrección y de castigo, sino sobre todo de erradicación de distorsiones acumuladas a lo largo del tiempo, a fin de propiciar el saneamiento de tejidos psíquicos profundamente dañados.

No podemos desconocer que los salvadoreños venimos de vivir una historia cargada de traumas y de contradicciones lacerantes. En el curso de tal experiencia, la víctima principal ha sido la ciudadanía, expuesta a infinidad de quebrantos y vejaciones. Desde mucho antes de la guerra hubo victimización extendida de diferentes maneras y con diferentes signos en el ambiente. Y eso generó, sin duda, un sentimiento, también generalizado, de indefensión y de ira.

Así llegamos a la guerra y concluimos la guerra, sin que hubiera ni siquiera intentos superficiales de darle tratamiento al estrés postraumático, que es inevitable en circunstancias semejantes. Y luego hay ingenua extrañeza por los desequilibrios que padecemos, que no derivan sólo de esa causa, por supuesto, pero que están vinculados con muchas formas de irresponsabilidad histórica que ahora nos cobran facturas cada vez mayores.

Puestos en este escenario, lo peor es dedicarse a las lamentaciones y a las críticas, en vez de sumar esfuerzos –cada quien con lo que le corresponda– para entrar en fase restaurativa del ánima nacional, en función de entrar de veras en la reconstrucción de los distintos comportamientos personales y sociales, lo cual es absolutamente indispensable para consolidar la paz, afianzar la seguridad y potenciar el desarrollo.

De lo que podemos estar seguros es de la imposibilidad de encarar con verdadero éxito los desafíos del presente y del futuro sin que hagamos borrón y cuenta nueva en lo referente a los estilos de vida y de convivencia que han venido proliferando cada vez más entre nosotros. En el conglomerado salvadoreño hay muchas cualidades humanas por desplegar y por resaltar; pero ello no ocurrirá si lo malsano y lo morboso continúan haciendo de las suyas.

Males sociales como la intolerancia son viveros de otros males aún más depredadores. Es preciso emprender una especie de campaña de reeducación nacional al respecto, y los primeros en reeducarse tendrían que ser los liderazgos nacionales.

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