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La justicia como fachada y espectáculo de masas

Además del naufragio de popularidad que ese proyecto le ha supuesto, el presidente tiene otro serio problema con las solicitudes de extradición de pandilleros hechas por Estados Unidos. Ese reloj también está en cuenta regresiva, y al Ejecutivo o a sus marionetas en el órgano de justicia les resultará muy difícil explicar cómo el mismo Estado persigue los delitos de corrupción con celo espartano pero se niega a que criminales con enorme prontuario purguen penas en el Norte y dejen de ser una carga para el sistema carcelario y para el erario nacional.

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El deterioro democrático salvadoreño es innegable. Tan avanzado está en su inspiración y formas que las opiniones del presidente de la República sobre procesos judiciales y decisiones legislativas en clave militante son consideradas rutinarias y poco se repara en lo que representan como anomalía y signo de alienación del servicio público a favor de una agenda de particulares.

El proceso seguido contra algunos de los exfuncionarios del gobierno de Mauricio Funes ilustra a la perfección cómo el régimen identifica las ansiedades de la nación y las manipula para alimentar su narrativa amén de que abonan a su desarrollo estratégico. Sobre las ansiedades de los salvadoreños en la última década, que los políticos le roben, le expolien y le engañen debe figurar en los primeros lugares; una de las principales deudas de la administración efemelenista fue que no tradujo en acciones sus reiteradas denuncias de corrupción a los gobiernos areneros.

Diferentes razones movieron a los dos gobiernos de izquierda a levantar el dedo de ese renglón, entre ellos fundamentalmente que el Órgano Judicial no funcionó como brazo punitivo a voluntad del Ejecutivo sino sólo en algunas vergonzosas coyunturas. Otra hipótesis es que entre Saca y Funes hubo un relevo no sólo en la administración del aparato del Estado sino del manejo paralelo de prebendas y métodos ilegales.

A diferencia de la bisagra de alternabilidad ARENA-FMLN, en este episodio de la crónica electoral salvadoreña el gobierno de GANA controla a los órganos de justicia y ejecutivo gracias a la mayoría parlamentaria de Nuevas Ideas. Eso le ha permitido cristalizar su promesa de persecución a la corrupción en proceso judicial, aun a costas del debido proceso y de las garantías procesales.

Cuando la facción en el poder sopesa y decide que la coronación de su narrativa y el abono del capital político del presidente valen lo suficiente para vulnerar el Estado de derecho, la norma jurídica y el debido proceso, así como para crear incertidumbre jurídica, entonces la democracia debe ir probándose la mortaja.

De entre las explicaciones posibles para esta alineación del Estado y de la investidura presidencial, dos son poderosas y verosímiles. La primera es que efectivamente Bukele cree que está refundando algo, que ha leído el escenario político en una clave maniquea e ignora, esto sí inverosímil, que en realidad es sólo el ariete de otra oligarquía abusiva, conservadora y prepotente. La segunda es que en un ejercicio de cinismo sin escrúpulos están distrayendo a la nación con esta charada mientras el calendario se agota hasta la entrada en vigor de la Ley Bitcóin.

Además del naufragio de popularidad que ese proyecto le ha supuesto, el presidente tiene otro serio problema con las solicitudes de extradición de pandilleros hechas por Estados Unidos. Ese reloj también está en cuenta regresiva, y al Ejecutivo o a sus marionetas en el órgano de justicia les resultará muy difícil explicar cómo el mismo Estado persigue los delitos de corrupción con celo espartano pero se niega a que criminales con enorme prontuario purguen penas en el Norte y dejen de ser una carga para el sistema carcelario y para el erario nacional.

En otras palabras, el gobierno necesita distraer a la población mientras consigue efectivo y consigue tiempo; una versión castiza de los juicios de Núremberg le resulta conveniente.

La gran paradoja que los salvadoreños entenderán algún día, más tarde que temprano, es que la recreación de la justicia era la fachada tras lo que pasaba todo lo contrario en el corazón del Estado.

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