La juventud está cada vez más comprometida con la participación política para renovar el sistema

La sociedad global de nuestro tiempo está viendo emerger un fenómeno que tiene, ahora mismo, características muy propias:
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La juventud está cada vez más comprometida con la participación política para renovar el sistema

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El ansia participativa de la juventud en los diversos ámbitos del quehacer nacional, y con énfasis específico en el ámbito político. No se trata, desde luego, de un impulso sin antecedentes en distintas épocas del pasado, porque los jóvenes nunca han estado al margen de la suerte de sus respectivas sociedades, pero lo que hoy se manifiesta con particular connotación es el ánimo de hacerlo en plan organizado, como fuerza con identidad propia y en respuesta a los desafíos propios de esta era de globalización que tiene aún mucho por ver y por hacer.

Los niños y los jóvenes de nuestro tiempo tienen a la mano instrumentos comunicativos que eran inimaginables en tiempos pasados aún no muy distantes. En estos días, se puede estar prácticamente en todas partes al mismo tiempo y desde cualquier lugar por medio de los cada vez más variados instrumentos virtuales, y eso hace que las distancias desaparezcan y los accesos se hagan posibles sin límites. Esto para países como los nuestros, marcados por una marginalidad histórica que parecía irremediable, es un horizonte accesible que parece obra de magia. Al ser así, el conocimiento se universaliza y las experiencias se comparten sin fin.

No es casual, entonces, que las aspiraciones y los descontentos propaguen extensivamente sus efectos. Los círculos concéntricos de la realidad se extienden por todas partes, haciendo que nadie pueda quedar ajeno a lo que pasa en cualquier parte. Y la política, desde luego, también se halla expuesta a esos dinamismos de actualidad, según lo vemos a diario en diversas latitudes. La juventud, como es natural, está cada vez más en la primera línea de esta novedosa cadena de compromisos renovadores. Las viejas fórmulas revolucionarias ya no son el plato del día: hoy el menú es una mezcla de imaginación abierta y de ventilación organizada.

En algunos países como España el impulso de la juventud innovadora y transformadora ya se está manifestando en las urnas, como se vio dramáticamente en las elecciones generales del pasado diciembre, que han dejado en jaque a los dos partidos mayoritarios por tradición. En nuestro país esperamos no tener que llegar a algo así, porque el estrés sistémico puede conducir a otras a trampas; y para que eso no ocurra se vuelve insoslayable activar de veras las dinámicas aperturistas y transformadoras en el interior de los partidos. En este punto no puede haber distingos por ideologías: todos requieren tratamientos de reciclaje.

Y lo ideal no es, desde luego, que los jóvenes tengan que irrumpir forzando puertas: el propósito de todos –los mayores y los que están por llegar— debe ser abrir espacios visionariamente y ocupar posiciones propositivamente. Porque no es cuestión de simple acceso o de mera presencia, sino de arribo con propósito y de permanencia con significación. En tal sentido es que se puede dar una real y significativa participación, ya que ésta, en el exacto sentido del término, implica comprometerse desde un inicio con la puesta al día de todo lo que haya que poner al día, incluyendo ideas, métodos, proyecciones y realizaciones.

Tal como se ve el desenvolvimiento de los procesos evolutivos globales, regionales y nacionales, irá sin duda en alza la dinámica participativa de los jóvenes, y no como una mera consideración de calendario, sino como un creciente imperativo de modernización de punta. En estos tiempos, modernizarse casi es sinónimo de reinventarse, así como está sucediendo en los campos de la ciencia y de la tecnología. Reinventarse sin miedos atávicos aunque sí con precauciones de tránsito rápido. La juventud debe ser responsable de sí misma y de sus convicciones e iniciativas. De eso depende que pasemos a la construcción de un humanismo fresco y maduro al mismo tiempo.

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