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La llamada “memoria histórica” sólo es un reflejo cambiante en cada uno de los presentes sucesivos

La tentación simplista más común que asedia a los seres humanos en cualquier tiempo y latitud es la que consiste en imaginar que el presente es el escenario exclusivo de lo que se vive
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La llamada “memoria histórica” sólo es un reflejo cambiante en cada uno de los presentes sucesivos

La llamada “memoria histórica” sólo es un reflejo cambiante en cada uno de los presentes sucesivos

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La tentación simplista más común que asedia a los seres humanos en cualquier tiempo y latitud es la que consiste en imaginar que el presente es el escenario exclusivo de lo que se vive, cuando la verdad de la experiencia indica que todos somos, tanto personal como colectivamente, una amalgama constante de tres dimensiones interactuantes: lo que ocurrió, lo que ocurre y lo que ocurrirá. Es cierto que lo que ocurre lleva siempre el protagonismo, porque en ese presente propio respiramos y nos movemos, como individuos y como sociedades, pero en buena medida hay también una presencia que podríamos llamar genética en términos amplios. Somos seres de herencia, no sólo en lo que se refiere a nuestra identidad personalizada sino también en lo que corresponde a nuestra identidad socializada.

Hablar de memoria es, pues, hablar al mismo tiempo de pasado y de presente, porque la memoria es en definitiva el cúmulo de imágenes vividas que es posible rescatar en los espejos de la actualidad progresiva. Esto hay que tenerlo siempre en cuenta, para no caer en absolutizaciones que acaban siendo manipulables por los conceptos, los criterios, las tendencias y los intereses del momento respectivo. Todo lo que se puede conocer del pasado, aun cuando se usen los parámetros de la imparcialidad profesionalizada, es sólo una versión de lo que pasó, que en definitiva nunca será conocible en la integridad de sus componentes originarios. Lo que hay son recreaciones interpretativas, no radiografías concluyentes. La memoria siempre es así, y la historia, en consecuencia, también lo es.

En nuestro país hemos vivido siempre un déficit de memoria, debido principalmente a las constantes distorsiones que genera la mala práctica del poder. En esto no hay distingos por ideologías, ya que el poder acaba siendo y haciendo lo mismo, ya que no se rige por idearios sino por ventajismos. Y esto ha llevado también a distorsionar y a manipular los enfoques y las visiones sobre el pasado. No es de extrañar, entonces, que la “memoria histórica” esté tan teñida de coloraciones artificiosas, al gusto del cliente, como se diría en lenguaje coloquial.

Hay que tener presente que la memoria, cuando se ejerce de manera desapasionada, abarca tanto lo positivo como lo negativo. Insistir sólo en lo negativo, igual que insistir sólo en lo positivo, lo que provoca es la caricaturización del accionar memorioso. Y cuando la política interviene, las caricaturizaciones se vuelven protagónicas. En El Salvador es lo que se ha venido viendo desde siempre, y es lo que, con algunos matices rectificadores, se mantiene en vigencia en esta nueva era democratizadora que abre, así sea de manera todavía confusa, nuevas perspectivas de modernización.

Tenemos que ordenar todo lo que se refiere a las relaciones entre las diversas etapas cronológicas del devenir nacional. La vivencia del presente está umbilicalmente vinculada con la memoria del pasado, y esto hay que manejarlo de modo inteligente y responsable, para que no sigamos sintiéndonos huérfanos de racionalidad histórica. No hay que usar la memoria como instrumento al servicio de ningún interés actual: habría que respetar lo que, en neologismo elocuente, podríamos llamar la memoricidad que ilumina y alimenta perspectivas hacia adelante.

Hay experiencia más que suficiente para ya no seguir enredándonos en el abuso de lo que el tiempo nos aporta. La historia nacional es rica en lecciones de heroísmo cotidiano, que es el que verdaderamente tiene significado revelador de lo que somos como entidad y como conglomerado. El Salvador es una escuela viva de cualidades humanas en acción, y eso es lo que nunca hay que dejar de lado, porque es lo que mejor nos define y nos identifica. Desde luego los vicios y los trastornos persisten, pero están cada vez más expuestos al desmontaje corrector.

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