La lucha contra la inseguridad reinante por doquier no puede ser argumento justificativo para sacar del juego los valores de una convivencia humanizada

Nos hallamos, pues, enfrentados a un desafío de viabilidad existencial íntimamente vinculado con la necesidad de replantearse el humanismo como base de convivencia.
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La lucha contra la inseguridad reinante por doquier no puede ser argumento justificativo para sacar del juego los valores de una convivencia humanizada

La lucha contra la inseguridad reinante por doquier no puede ser argumento justificativo para sacar del juego los valores de una convivencia humanizada

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La lucha contra la inseguridad reinante por doquier no puede ser argumento justificativo para sacar del juego los valores de una convivencia humanizada

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Lo que se va viendo y viviendo en los diversos planos de la realidad actual, desde lo local hasta lo global, es un flujo y reflujo sin precedentes de tentaciones y de conductas que se salen constantemente de control, en abierto contraste con lo que hasta ahora parecía ser un esquema ya consolidado de manejo de los aconteceres colectivos en todas partes, y más específicamente en aquellas sociedades que se etiquetaban como más desarrolladas en todos los órdenes. Este es un fenómeno de la más alta sensibilidad y, por consiguiente, de la más riesgosa contingencia, porque deja ver en imágenes dramáticas reiteradas que los límites y las perspectivas convivenciales que ha venido poniendo en el camino la experiencia civilizadora carecen de la raigambre y la estabilidad que se les adjudicaba.

Estamos ante un fenómeno que realmente nadie se esperaba, aunque de seguro en muchos sentidos debió haber sido previsible: el angustioso desafío de reconstruir la libertad como un acontecer y no como una prédica. ¿Y cuál es el acontecimiento que ha desatado esta crisis de recorrido? Sin duda, la globalización. Queda claro que el mundo está más cómodo cuando se enquistan potencias imperiales que cuando circulan poderes imprevisibles. No es extraño entonces que la bipolaridad posterior a la Segunda Guerra Mundial, que era una especie de tablero de ajedrez regido por dos pulsos superiores, tuviera la imagen de un mundo definido para siempre, pese a las banderolas de la “guerra nuclear” y a los juegos volatinescos entre el “capitalismo” y el “comunismo”.

En la era de las fronteras que se van abriendo en forma expansiva se vuelve insoslayable generar esquemas que ordenen proactivamente el fenómeno. En verdad, y tenidos en cuenta los factores que se acumulan en este escenario multicolor, de lo que se trata es de recomponer todos los esquemas tradicionales de vida, a fin de que la humanidad de este momento pueda transitar seguramente por él, con opciones concordantes con la naturaleza del momento histórico en movimiento. Nos hallamos, pues, enfrentados a un desafío de viabilidad existencial íntimamente vinculado con la necesidad de replantearse el humanismo como base de convivencia. El humanismo funcional que se necesita tiene que reconocer efectivamente al ser humano como la pieza esencial de todo el engranaje colectivo, en los diversos niveles de la realidad.

Hay al respecto una gran contradicción que hay que reconocer y evaluar sin evasivas: por una parte esa necesidad de un nuevo humanismo puesto al día y por otra las resistencias beligerantes a cambiar las fórmulas ya agotadas del humanismo tradicional.

El resurgimiento expansivo de los extremismos nostálgicos, que está llegando ya a niveles casi inverosímiles sobre todo en la imaginería política, es un factor altamente perturbador, que podría crear una contradinámica con efectos desactivadores de las perspectivas que a pesar de todo continúan abiertas. ¿Cómo evitar que eso ocurra? En primer término, haciendo un esfuerzo culturizador en el plano de lo humano, con énfasis en la salvaguarda y la promoción de los valores esenciales para potenciar un mundo mejor y más integrado en todos los sentidos. Hay que centrarse en este punto a fin de vitalizar las condiciones de la mundialización.

El tema de las emigraciones e inmigraciones masivas se ha vuelto uno de los grandes retos de la nueva era global. Ni la emigración ni la inmigración son fenómenos de fácil manejo; pero hoy, con el ingrediente explosivo del terrorismo galopante, crecen las ansiedades y los rechazos al respecto. Esto también hay que administrarlo inteligentemente, y los liderazgos tienen obligación de hacerlo en primera instancia. Si los liderazgos se radicalizan hacia la discriminación y la exclusión, los valores humanos son las víctimas propiciatorias, como estamos viéndolo en el día a día. Y entonces crece el impulso de preguntarse: ¿Dónde quedó la presunta civilización? Es como si se tratara, a estas alturas nada menos, de un malévolo juego del tiempo, en la línea del más atrabiliario surrealismo.

Insistimos en que la vía de salida a todos los laberintos actuales es ese nuevo humanismo al que venimos haciendo referencia insistente. Un humanismo que no se geste en los gabinetes filosóficos sino en los espacios abiertos de las comunidades repartidas a lo largo y a lo ancho del mapamundi. Es el humanismo que se respira, que se huele, que se saborea, que se mastica. Esa es la conquista que nos toca hacer a los humanos de esta hora.

Tags:

  • inseguridad
  • derechos humanos
  • globalizacion
  • extremismos

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