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La lucha por más transparencia y cero corrupción debe intensificarse

Es fundamental, entonces, sentar bases firmes en función de metas alcanzables. Mientras la corrupción y la impunidad tengan asideros para continuar haciéndose sentir, seguiremos atados a una vulnerabilidad que afecta en todos los sentidos imaginables, como se constata en el día a día.
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En nuestro país viene haciéndose cada vez más visible y notoria la atención que se les presta, sobre todo desde los ámbitos ciudadanos, a los puntos vitales de la transparencia y de la probidad. Esto es en sí un avance muy importante para la estabilidad del sistema nacional, ya que representa un giro significativo en relación con la realidad tradicional al respecto. Basta comparar la opacidad que caracterizaba en el pasado las actuaciones de instituciones como el Órgano Judicial y la Fiscalía General de la República para constatar el cambio que se viene produciendo de manera progresiva. Sin embargo, no todo es claro y positivo, porque muchos de los vicios y lastres que están aún presentes generan desvíos y resistencias que es necesario tener en cuenta en todo momento.

Algunas señales deben ser asumidas con la responsabilidad que requieren. En estos días, para el caso, se ha dado a conocer el más reciente informe del Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) que proviene de Transparencia Internacional. En él se manifiesta que, en relación con 2016, El Salvador bajó del puesto 95 al 112 y que su puntuación disminuyó de 36 a 33 sobre una base de 100. Este tipo de mediciones no se queda en la sola evaluación, sino que repercute en la calificación del país y en la solvencia para recibir apoyos internacionales. Y lo que hay que tomar en cuenta es que este descenso progresivo indica que hay muchas cosas que no se están haciendo bien y que quedan múltiples zonas del campo público en las que hay que aplicar medidas y procedimientos verdaderamente correctivos.

El tema, pues, no sólo es de percepciones, sino sobre todo de lo que hay por debajo de tales percepciones. Nuestra sociedad en su conjunto necesita constantes tratamientos de limpieza, que no sean ocasionales ni excepcionales, sino permanentes y normales. La lucha contra la corrupción debe ser un ejercicio saneador y preventivo que se potencie en los hechos y que sea capaz de generar confianza en el buen desempeño de toda la institucionalidad. Si algo nos revela una evaluación como la de Transparencia Internacional es el imperativo de mover decisiones y acciones conforme a los principios de una gestión democrática que merezca el nombre de tal en todos los sentidos.

Hay que sopesar a diario todos estos componentes para definir las prácticas que nos mantengan en la vía del buen desempeño real y nos habiliten para el desarrollo progresivo. Es fundamental, entonces, sentar bases firmes en función de metas alcanzables. Mientras la corrupción y la impunidad tengan asideros para continuar haciéndose sentir, seguiremos atados a una vulnerabilidad que afecta en todos los sentidos imaginables, como se constata en el día a día.

En el informe aludido se advierte que la corrupción tiende a prosperar en aquellos países que les dan menos protección a la prensa y a las organizaciones no gubernamentales. Esto nos reafirma es el propósito de seguir trabajando por el fortalecimiento de la transparencia y por la defensa de las libertades básicas que están en el centro del esfuerzo democratizador.

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