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La magia del bolero

Me hallo frente a la ventana abierta hacia la ciudad que respira y transpira alrededor, y estoy oyendo a Andrea Bocelli y a Jennifer López que cantan en dúo uno de mis boleros favoritos de siempre: “Quizás, quizás, quizás”.
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Lo cantan en español, por supuesto, porque el alma del bolero tal como lo conocemos es hispanoamericana por excelencia, y de nuestra zona. Principalmente allá en los años 40 y 50 del pasado siglo el bolero se extendió por todas partes como un juego de luces y de alas con resonancias sentimentales incontenibles. Las voces de Pedro Vargas, de María Luisa Landín, de Toña la Negra, del Trío Los Panchos, entre muchas otras, están aquí para testimoniarlo. Esta es música para la nostalgia que a cada instante se vuelve presencia, como debe ser. El haber vivido este tipo de armonía desde la más remota infancia es un sutil fertilizante de la sensibilidad que está al mismo tiempo sobre la tierra y entre las nubes del ánima. Me rondan arpegios de boleros clásicos como “Toda una vida”, “Obsesión”, “Flor de azalea”, Bésame mucho”, “Palabras de mujer”... La lista desde luego podría seguir hasta que empiece la atardecida entre las torres urbanas, pero de lo que se trata es de sentir y de lograr que los ecos siempre se vuelvan voces, para que el tiempo se anime una vez más a ser cómplice de la mejor inspiración. Este día, a la luz animosamente otoñal, estoy reviviendo ensueños mientras los escasos minutos del bolero se extienden en melodía envolvente hasta tocar las terrazas más altas del espíritu. La felicidad, como la vida, es un oficio por goteo.

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  • david escobar galindo
  • literatura salvadoreña
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