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La magnitud de la problemática que enfrentamos como país debe mover a los actores nacionales hacia la acción conjunta

Ni en el plano político ni en el orden institucional son sostenibles las posiciones evasivas o superficiales: de lo que se trata, en términos ineludibles, es de llegar al fondo de las situaciones específicas para que nada quede suelto ni mucho menos dejado de lado...
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Lo que los hechos del acontecer cotidiano nos presentan en forma patente y continuada es el imperativo de prestarles más atención y mejor tratamiento a los distintos problemas y desafíos que están presentes en la realidad nacional. Y se trata de cuestiones de la más variada índole, que tienen múltiples orígenes y diversos contenidos. Los factores estructurales, como la inseguridad, el estancamiento económico y la ineficiencia institucional, siguen en primera línea; y a eso se unen las incertidumbres políticas, sobre todo ahora que estamos en la ruta final para llegar a la definición de los que conducirán los destinos nacionales en el próximo período presidencial, así como algunos otros asuntos muy significativos como la suerte de nuestros compatriotas y de sus familias que emigran hacia el Norte.

Todas las energías disponibles en el ambiente tienen que ponerse al servicio del tratamiento y de la solución de esa diversa problemática que tenemos entre manos; y al ser así, la principal exigencia para los actores nacionales en juego, tanto políticos como económicos y sociales, es la concreción de acuerdos reales y eficientes que garanticen el tránsito de la retórica conflictiva hacia la operatividad de las soluciones sostenibles. Esto no se puede seguir viendo como una tarea difusa y opcional, sino que debe concebirse y activarse como un objetivo inaplazable.

Habría que comenzar en cualquier caso por poner todas las cartas sobre la mesa, de tal manera que no quede ninguna pieza fuera del análisis y del compromiso. Y hoy, cuando estamos en la etapa decisiva de la contienda por la Presidencia, es el momento más oportuno y demandante para abordar todos estos temas de manera concreta e integral. Ni en el plano político ni en el orden institucional son sostenibles las posiciones evasivas o superficiales: de lo que se trata, en términos ineludibles, es de llegar al fondo de las situaciones específicas para que nada quede suelto ni mucho menos dejado de lado, teniendo en cuenta que entre los distintos problemas, por diferentes que parezcan, hay enlaces comunicantes.

Como ejemplo claro podemos constatar que un hecho tan preciso como el de la emigración caudalosa principalmente hacia Estados Unidos está marcado sin ninguna duda por la grave inseguridad que se padece y por la opresiva escasez de oportunidades de salir adelante económicamente dentro de las condiciones que prevalecen en el país.

Para que esta suma de factores adversos pueda ser revertida hacia una normalidad que efectivamente funcione es indispensable que, en primer término, las voluntades políticas se pongan en orden. Eso es siempre difícil, y más aún en tiempos de competencia electoral, pero al menos se tendría que externar desde ya el compromiso de impulsarlo inmediatamente después de que la voluntad ciudadana se haya manifestado en las urnas. Hacerlo así es vital al máximo para que los salvadoreños comencemos a ver un nuevo horizonte.

Lo que todos estamos esperando en forma apremiante es que nuestro proceso nacional vaya tomando el rumbo correcto, como demanda la ciudadanía en todas las consultas de opinión. Esa es la mejor señal que se podría dar en la coyuntura presente.

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