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La mejor palabra

Soy un incondicional creyente en las enseñanzas de la sabiduría popular, que normalmente se manifiesta en forma de muy breves sentencias y refranes. Yo, como cultor de la palabra, por espontáneo impulso, desde los albores de la adolescencia, le he puesto especial atención a lo que dicha sabiduría expresa en relación con lo que se dice.
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Recuerdo que la primera vez que oí aquello de “ver, oír y callar” se me abrió una ventanita mental hacia la búsqueda de sentido; y más aún cuando se sumó otra sentencia aún más enigmática: “La mejor palabra es la que no se dice”. Luego, ya en el plano de las reflexiones muy propias, caí en cuenta de que si algo hay poderoso y peligroso es la palabra.

Porque la palabra es el instrumento más eficaz de la comunicación desde cualquier ángulo que se mire dicho fenómeno, y por eso hay que usarla con la máxima responsabilidad y con el más fino cuidado. Cuando la sabiduría popular nos manda que hay que “ver, oír y callar” y cuando nos recuerda que “la mejor palabra es la que no se dice” nos está dando una pista reflexiva para el buen uso de la palabra. No se trata, por supuesto, de callar cobardemente lo que se siente o se piensa o de refugiarse en el silencio para no responder a los reclamos válidos de la vida: se trata de no permitir que la palabra –que una vez dicha nunca se recoge– se vuelva instrumento de propósitos malsanos o de reacciones descontroladas. No olvidemos en ningún momento que la palabra es un don de Dios, de seguro el más valioso de todos los que nos auxilian en el oficio de vivir y de convivir. Cuidemos nuestra palabra, manteniéndola limpia y fresca, para que no se nos vaya a convertir en la peor amenaza autodestructiva.
 

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