La mejor vocación del mundo

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Randa Hasfura - Abogada y diplomática

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En Génesis, Dios dijo: "sean fecundos y multiplíquense". En pocas palabras, nos ha dado una misión: cuidar de este mundo. Un mundo que Él mismo, detalladamente, como un artista espléndido, se dedicó a decorar, llenándolo de colores, de ruidos, de diferentes especies acuáticas y terrestres. Y nos lo dejó a nuestro poder: "llenen la tierra y sométanla". Y para llenar la Tierra somos pro-creadores, ¿podemos imaginarnos la majestuosidad de lo que significa ser "pro-creadores"?

En pocas palabras, Dios "nos hace sentir indispensables", porque a tal punto llega nuestra libertad que Él no crea un ser humano sin nuestro consentimiento, sin nuestra ayuda. Somos colaboradores de la creación, somos pro-creadores.

Y para preservar la especie nos tiene, a través de todas las generaciones, a esas mujeres especiales con un "instinto vocacional" único: nuestra Madre.

Un instinto vocacional que duplica las emociones: es sufrir pero también gozar, es dar pero sin recibir, es amar pero también olvidar, es esperar pero también confiar, es callar pero también hablar, es interceder pero también soltar, es amar pero también perdonar. Es la única vocación que no solo es un privilegio sino también una gran responsabilidad.

Ser madre es retomar la esencia de la vida, es estar doblemente llena de vida, es abrazar la ternura. Ser madre es entender sin palabras la inocencia, es tener barro fresco en sus manos y alimentar la esperanza.

Ser madre es ejercer la "mejor vocación del mundo", una vocación sin descanso, una vocación que no está llena de grandiosidades, sino de gestos pequeños, de cosas ordinarias que en conjunto se vuelven extraordinarias.

Dios es un Padre de lo ordinario y quiso que la "mejor vocación del mundo" esté llena de lo ordinario, de pequeñeces ordinarias: desde preocuparse por las vacunas, la limpieza de las orejas, los estudios, las palabrotas; pendientes de que se laven los dientes, se acuesten temprano, saquen buenas notas, tomen leche. Es quedarse desvelada esperando que vuelva la hija de la fiesta; o temblar cuando el hijo aprende a manejar, anda en moto o se afeita.

Para ellas es mucho más noble sonar narices y lavar pañales, que triunfar en una carrera o mantenerse delgada. Para ellas es más honorífico ver una medalla en sus hijos, que recibir ellas mismas un diploma. Para ellas hay más felicidad al ver alegría en sus hijos que en ellas mismas.

Porque ser madre implica responsabilidad por una nueva vida, fuerzas por un ser indefenso, y engrandecimiento justamente cuando hay agotamiento. Porque ser madre es el papel más bello, es la conquista más plena, es lo inimaginable hecho realidad.

Y como decía Isabel Allende: "por suerte hay una sola, porque nadie aguantaría el dolor de perderla dos veces".

Tags:

  • vocación
  • madre
  • vida
  • ordinario

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